Cultura y Arte

Orbe…

Imagen: Captura de pantalla del trailer

La obra es una pieza escénica que se compone de una caja negra, en donde la intérprete (Andrea) aparece asomándose por un aro lumínico, un portal dimensional en donde ella nos revelará las distintas dimensiones de su obra

por Ricardo Sierra

En estos tiempos en donde dedicarse al arte o comprometerse con algún proyecto cultural significa un verdadero desafío, en donde se te puede ir la vida en el intento, existen artistas con el valor suficiente para lanzarse al vacío y desafiar cualquier obstáculo que se presente. Es el caso de la bailarina y coreógrafa Andrea Garay, quien nos presenta y habla de su proyecto escénico: “Orbe, o de cómo aprendí a mentir”.

El título es sugerente. Hablando con su creadora, me expresa su inquietud de por fin sacarse de la cabeza la idea que le había rondado por algún tiempo.

La obra es una pieza escénica que, en estás circunstancias extraordinarias, tuvo que modificarse a un formato de video para poderse presentar de manera virtual. Y esta se compone de una caja negra, en donde la intérprete (Andrea) aparece asomándose por un aro lumínico, un portal dimensional en donde ella nos revelará las distintas dimensiones de su obra.

Sonidos acuosos se escuchan en el ambiente, como si escurrieran gotas por las paredes o hubieran goteras cayendo por todas partes; la grabación o el dinamismo que la cámara nos expresa hacen que podamos apreciar las texturas, acercamientos vitales al rostro y partes del cuerpo de la interprete, quien parece estar continuamente naciendo en el escenario, mientras observamos que su cuerpo está cubierto por una malla color rosa anaranjado que asemeja una bola de carne de un recién nacido, un ser andrógino cuyos movimientos, tan delicados e íntimos, revelan una especie de sensualidad y fragilidad al momento de bailar consigo mismo.

En la obra nos percatamos de otro personaje que está en constante movimiento, a veces se queda quieto, sosteniendo con ambas manos el aro lumínico; otro interprete al igual que Andrea. Su nombre es Carlos Rojas, codirector también de Orbe, cuyo personaje será el de observador y manipulador de esa bola de carne, Andrea, que ira evolucionando o trascendiendo durante el desarrollo de la obra.

La cámara nos expresa hacen que podamos apreciar las texturas, acercamientos vitales al rostro y partes del cuerpo de la interprete, quien parece estar continuamente naciendo en el escenario

La música es hipnótica, te va acompañando en ese viaje desde el vientre húmedo y acogedor, vemos como la tela de su cuerpo se va estirando y rompiendo, como una mariposa saliendo del capullo, como un ser saliendo de su pequeño orbe lumínico. Ya les había mencionado que el título es sugerente, abierto, da para muchas interpretaciones, vemos mundos paralelos, el de Andrea y Carlos, transcurriendo, en una comunicación perfecta, entendiendo y calculando de manera intuitiva lo que necesita el otro, el siguiente movimiento, el siguiente paso. Ambos bailan, ascienden y descienden en ese escenario pelón, desierto, que comienza a secarse y a cobrar velocidad.

Viene entonces el rompimiento, una música de videojuegos o maquinitas de esas que encontrábamos en las esquinas de nuestras casas, nos saca de nuestro placentero aletargamiento, intuyo que es el momento en que la vida de esta bola de carne empieza a tomar velocidad, los movimientos son más agresivos, más amplios, Andrea empieza a desprenderse de la licra, comienza por arreglarse; a través del aro lumínico vemos cómo empieza a maquillarse, ahora lleva una peluca, mientras va repitiendo frases que nos da a entender que el objetivo, la principal motivación de este personaje que hemos visto nacer, crecer y desarrollarse es el de complacer al otro, ¿cuál otro? ¿a Carlos o al espectador? Repito, además del nombre de la obra, está nos ofrece cualquier posibilidad para interpretarla.

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“–¿Así está bien?

Nos dice.

–¿Te gusta?

Pasa nuevamente el labial rojo.

–¿Y así?”

La cámara se acerca, es dinámica, vemos la gestualidad y emociones que fluyen en la interpretación de Andrea, buscando la aprobación del eterno espectador, Carlos y nosotros, mientras hemos estado observando la transformación radical del personaje de la bola de carne al de otro más plastificado, artificioso, escondido bajo esa peluca blanquecina y el labial escarlata.

“–¿Así? ¿O así?”

Llegamos al momento en que todo comienza a distorsionarse, tanta plastificación, artificialidad y ganas de que el personaje sea tomado en cuenta y reconocido por su belleza y una especie de glamour que carga consigo, nos va mostrando un rostro pintarrajeado, ya sin orden, ya sin una línea de la comisura de sus labios por seguir, el labial pinta la cara, las sombras de sus ojos van transfigurando su rostro, la sonrisa amplia de Andrea juega con nuestras sensaciones, en algún momento embelesados y al otro llegando quizás a un estado de incomodidad o expectación total.

Esta obra tuvo una temporada en el Centro Cultural el Hormiguero, una alternativa de espacio muy interesante hoy en día para seguir produciendo y creando proyectos que nos revelen la fragilidad de un mundo que avanza a velocidades vertiginosas, a veces cayendo en la banalidad total.

Por eso es que obras como “Orbe, o de cómo aprendí a mentir”, se vuelven tan necesarias en estos tiempos para intentar entendernos y seguir cuestionándonos paso a paso, junto a nuestra cotidianidad. Muy recomendada, próximamente “Orbe, o de cómo aprendí a mentir” tendrá muchas más funciones, estén atentos, está es una experiencia que no se pueden perder.

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