Sociedad y Política

La hipocresía medioambiental del gobierno canadiense

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El gobierno de Canadá ha hecho un llamado a presionar a México y otros países para que reduzcan sus emisiones contaminantes; extraña el hecho de que no volteen a ver al sur, en donde sus mineras han arrasado con entornos y comunidades enteras en Latinoamérica

por Ray Ricárdez (@RayRicardez)

A Canadá le queda bien ser juez pero no habla de ser parte. Y es que desde la comodidad de Ottawa es muy sencillo señalar a los países que, desde tu sesgada visión de un mundo que consideras “no desarrollado”, no cumplen con los parámetros que tú mismo estás imponiendo; esto es peor si, en realidad, ni siquiera tú como Estado cumples con tus propios requerimientos. Hablo de las recientes declaraciones de Jonathan Wilkinson, ministro de Medio Ambiente, en las que solicitaba presionar a México y otros cuatro países para que reduzcan sus emisiones contaminantes.

La ironía de las palabras de Wilkilson es la de un funcionario que entiende la política medioambiental como un ejercicio de señalamiento y no de autocrítica. Esto es preocupante (por no decir risible); y no porque México no deba reducir sus emisiones (y voltear de cabeza, básicamente, toda su “política” medioambiental), sino porque extraña el hecho de que no se hable de todo lo que se ha legitimado desde Canadá en cuanto al tema de intervenciones violentas en poblados latinoamericanos por medio de sus compañías mineras.

Además, a esta declaración poco reflexionada se sumó el primer ministro Justin Trudeau, quien siempre ha destacado mediáticamente por ser un líder carismático (al menos para quienes tienen afinidad con occidente) y, en mi opinión, pseudoprogresista, asegurando que algunos países “están produciendo sin tener el mismo tipo de liderazgo sobre cambio climático que Estados Unidos está imponiendo y que ya tenemos [en Canadá]”.

Y no, no es un tema de “liderazgo”, es un tema de relaciones de poder internacionales legitimadas por las élites políticas y empresariales.

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Es por ello que me parece pertinente desmitificar esta falsa imagen de un gobierno que no ha hecho más que cuidar apariencias frente a la llamada “comunidad internacional” mientras destruye el medioambiente en pueblos que han resistido desde el sur continental.

Mineras canadienses, una historia no contada

Fue en el año 2017 cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) advirtió que las mineras canadienses tenían en América Latina al menos 22 proyectos de extracción y explotación de la tierra que presentaban graves impactos medioambientales; aunado a las evidentes violaciones de derechos humanos que se legitimaban en el proceso.

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Dentro de los tantos abusos que fueron señalados, destacaron la tala de bosques, la contaminación de las aguas, la ruptura de la calidad de vida de las comunidades, el desplazamiento forzado de personas, la influencia en la modificación de leyes locales y nacionales y, sobre todo, la criminalización de las y los activistas en favor de la tierra y el agua.

Además, para ese entonces, el 50% y el 70% de la actividad minera en América Latina está a cargo de empresas canadienses, de acuerdo con Distintas Latitudes.

Ante esto, uno pensaría que esta catástrofe social y ambiental fue resultado de antiguos gobiernos (Harper, por ejemplo) y que ahora, la “Canadá progresista de Trudeau” ha revertido estos impactos. Sin embargo, incluso el The New York Times publicó el texto “Justin Trudeau y el lodo de las mineras canadienses en América Latina” para señalar a la no tan inocente administración. Esta investigación recopiló otros testimonios y publicó lo siguiente:

“Empresas canadienses dañan el medioambiente, fuerzan desplazamientos de personas, ignoran la voz de comunidades autóctonas, intentan influir en el diseño de leyes nacionales y apoyan la criminalización de la protesta social, entre otros puntos”

No todo es mil sobre hojuelas

No toda Canadá es invasiva y contaminante. No toda persona con nacionalidad canadiense tiene la fachada Trudeauriana para justificar los abusos. Es cierto, no podemos generalizar, y mucho menos en temas tan delicados. Sin embargo, tampoco podemos quedarnos calladas y callados cuando un ministro del medio ambiente, con toda la indecencia y falta de empatía del mundo, señala con el dedo a otros países y no toma con seriedad lo que las transnacionales de su país han hecho.

Tampoco pretendo hacer una apología de la estrategia (¿?) en materia energética del desgastado gobierno de López Obrador. Es claro que, si a Canadá no se le ve real interés por intervenir en favor de las comunidades y el medioambiente, menos a la actual administración mexicana. Es bien sabido, y cabe recordarlo, que los pueblos defensores de la tierra y el agua, además de soportar los embates constantes de las depredadoras transnacionales, tienen que resistir frente a un Estado mexicano que lo único que ha hecho es violentarlos.

Aquí detengo mi crítica, dejando la puerta abierta a quien tenga el interés de indagar más en el tema de las mineras transnacionales en América Latina, a sabiendas (y advirtiéndoles) que se llevarán grandes disgustos y decepciones.

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