Sociedad y Política

El sucesor

Foto: Presidencia de la República

A lo largo de la historia mexicana, se reconocen tres principales maneras de sucesión del poder y la llegada a la tan polémica silla presidencial. Aquí un repaso de estos.

por Cristian Velázquez

El 24 de enero de 2021 se le diagnosticó al Presidente de México la enfermedad provocada por el virus SARS-COV-2 y, mientras muchas personas expresaban sus condolencias,  muchas otras vieron esto como una oportunidad para “librarse” de él y de su presidencia;  un prematuro detonante para la sucesión que habrá de tener lugar hasta el 2024. Sin embargo, ante tales deseos, lo primero que debemos preguntarnos es, en todo caso, ¿quién sería ese sucesor anticipado? 

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La historia reconoce tres principales maneras de sucesión del poder, que podrían calificarse como estadios evolutivos, pasando de uno a otro, hasta llegar a la “madurez democrática”. Primero, tenemos la usurpación por la fuerza; después, la designación por la ley y, al último, la elección por el pueblo.

En nuestro país, queda claro que hemos avanzado y retrocedido una y otra vez. Pasando del golpe de Estado parlamentario que dio origen a la Constitución de 1836; a través de la elección democrática que le dio a Juárez la posibilidad de instaurar un efectivo control presidencial, a quien le siguió Lerdo de Tejada; lo que a su vez dio entrada a la dictadura de Díaz y, culminando con el plan de San Luis por Madero. Resulta claro que la silla presidencial había sido objeto de disputa constante.

Sin embargo, no todo se reduce a golpes de Estado. La sucesión presidencial siempre ha sido un tema de interés no sólo político, sino también constitucional. En principio, en la Constitución de 1824, la sucesión del Ejecutivo Federal caía en manos del vicepresidente (quien resultaba ser el candidato que hubiese obtenido el segundo lugar en votación). Posteriormente, en 1857, se estableció que el presidente de la SCJN era quien podía reemplazar al Ejecutivo en sus ausencias temporales y absolutas (mientras ocurría una nueva elección).

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Otros sistemas se han discutido e inclusive aplicado. Por ejemplo, Ignacio Vallarta proponía que junto al Presidente, se eligieran tres personas (denominados “insaculados”) para que uno de ellos fuese escogido por el Congreso para sustituir al Presidente en sus faltas temporales o absolutas. Cabe mencionar que esto no prosperó.

Después, en 1882, se concluyó que la sustitución habría de recaer en el presidente o vicepresidente del Senado. Este sistema subsistió hasta 1896, cuando se modificó la constitución para el efecto de que fuera el Secretario de relaciones Exteriores o, en su defecto, el de Gobernación,  quien cubriría las faltas del Presidente mientras el Congreso designada al presidente substituto o al presidente interino.

Como corolario de lo anterior, podemos decir que el hecho de que hayan existido tantos modelos de sucesión presidencial sólo da a notar cuánta inestabilidad política ha imperado en nuestro país a lo largo de su historia.

Actualmente, la sucesión presidencial se encuentra contemplada, principalmente, en el artículo 84 de la Constitución Federal, en el cual se establecen dos supuestos:

1) Cuando la falta absoluta del presidente ocurriese en los dos primeros años de su periodo, el Congreso, con un quórum de 2 terceras partes y por mayoría absoluta, designará un presidente interino.

Bajo la vigencia de la Constitución de 1917, sólo ha habido un presidente interino: Portes Gil.

Posteriormente, el Congreso deberá de expedir la convocatoria para la elección del Presidente que habrá de concluir el periodo respectivo.

2) Cuando la falta absoluta del presidente acaezca en los cuatro últimos años del periodo presidencial, el Congreso, siguiendo el mismo procedimiento que en el caso del presidente interino, designará al presidente substituto, quien deberá concluir dicho periodo.

Bajo la vigencia de la Constitución de 1917, sólo ha habido un presidente substituto: Abelardo Rodriguez. Sin embargo, hoy por hoy la sombra de otro presidente sustituto acecha nuestro devenir en caso de que el Presidente Obrador llegase a faltar.

La diferencia entre un supuesto de sustitución y otro es clara y hasta problemática; en el caso del presidente sustituto el peligro de una invasión que altere la estabilidad de las instituciones, por parte del Congreso, es latente y poco deseable. La intervención del Congreso para designar a la persona que habría de concluir el periodo presidencial, no sólo no es necesaria, sino que no es lógica; el legislativo no estaría ejerciendo una autoridad inherente a él, sino una autoridad política. En este supuesto, estaríamos bajo la amenaza de un gobierno congresional; retrocediendo de una elección hecha por el pueblo a un estadio previo.

Hoy que nos hemos dado cuenta (por si no lo hacíamos) de que nuestro Presidente es humano y, consecuentemente susceptible de hacer falta, ahora más que nunca deberíamos de replantearnos el sistema de sustitución y sus bases para buscar garantizar que en todo momento se respeten las instituciones y, sobre todo, la democracia popular.

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