Sociedad y Política

Las crisis de la crisis

Daniel Arias

Imaginemos Las Vegas sin luz ¿Qué queda? No mucho. Así es el mundo de la significación humana.

El mundo no es más que una estructura corroída y polvosa al que mediante la significación se le ilumina, embellece y dramatiza, sin embargo, esta significación está en nosotros como especie y solo nos incumbe a nosotros. Lo real, lo que está allá afuera, está descargado de significación y es lo que es por sí mismo y no por las definiciones que el ser humano le pueda dar para interpretarlo. Esto es, hasta cierto punto, incomprensible para nosotros, pues nuestra manera de acercarnos al mundo y los elementos que lo integran, es a través del lenguaje y los significados, de los constructos y de las ideas. No obstante, nada de eso existe.

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Que lo anterior no se malentienda, el mundo material existe. Creer que solo porque el ser humano lo puede ver es real, es demasiado antropocéntrico, pero la realidad es que este carece de significaciones. El mundo es por sí mismo y no por lo que el humano pueda decir de él, sin embargo, la especie humana, autoproclamándose “dueña del mundo” y haciendo de este un mero objeto a ser consumido dispuesto a las “necesidades” humanas creadas por la mercadotecnia es el problema.

“Lo real, lo que está allá afuera, está descargado de significación y es lo que es por sí mismo, y no por las definiciones que el ser humano le pueda dar para interpretarlo”

Esto, según la escuela de Frankfurt, tiene su origen en la revolución ontológica que trajo consigo la Ilustración, momento esplendoroso de la racionalidad que conllevó a la instrumentalización del mundo, pues si todo puede ser entendido y estudiado por el método, también todo puede ser explotado y consumido al volver al mundo un mero objeto de estudio y de consumo.

Desprender al mundo mismo de su dimensión mística y espiritual y junto a ello, al desprendernos y separarnos a nosotros mismos y de nuestra relación con la naturaleza y el mundo, de alguna forma nos hace “huérfanos del todo“. Esta instrumentalización del mundo, eventualmente consumió al ser humano mismo, pues el ser humano por más arrancado del mundo que estuviera ontológicamente, seguía siendo parte de este, así el ser humano se cosificó y el trabajo en el sistema capitalista es el máximo exponente de este proceso.

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La crisis no es la pandemia en sí, sino los efectos que esta tiene a un nivel estructural, pero también a un nivel existencial. La crisis pandémica despierta, o más bien, hace visibles otras crisis silenciosas que siempre estuvieron ahí, pero que el motor del capital y del consumo acelerado siempre mantuvieron fuera del campo visual. Desigualdad, pobreza, carencia de hospitales, de medicamentos, la crisis ambiental, laboral, en fin, la crisis del propio sistema, no obstante, estos aspectos son tan solo la manifestación estructural de la crisis, sin embargo, hay otro nivel del que poco se habla y es la crisis existencial.

“El mundo es por sí mismo y no por lo que el humano pueda decir de él”

La pandemia y el encierro llevan en sí el signo de clase. No lo digo por ser socialista, comunista, anarquista, anarcosindicalista o el adjetivo que se me quiera dar; lo digo por un aspecto muy real. Y es que el encierro voluntario solo lo puede llevar a cabo quien tiene los recursos para hacerlo, en este sentido, generalizar la crisis ontológica y existencial, sería un sesgo.

Tampoco se debe de entender que solo las clases medias y altas son capaces de tener crisis existenciales, porque no es así, la crisis es una característica de la especie humana, pero lo que sí quiero demarcar es que estos momentos de ansiedad que produce el encierro, son característicos de las personas que pueden aislarse gracias a que han sido bendecidas por el selectivo sistema capitalista, dándoles recursos para hacerlo y, por ende, que tienen tiempo para estar solas forzadas a pensar en sí mismas y en el futuro. Es cuando estas personas se hacen conscientes de que la propia categoría de “futuro” hoy en día es más incierta que en cualquier otro momento histórico -pues si bien el futuro siempre fue una hipótesis del presente en turno, en el pasado las condiciones materiales del mundo hacía del futuro humano algo más probable que improbable de arribar, mientras que hoy en día, la improbabilidad parece dominar- que la ansiedad se manifiesta y se intensifica con el vacío personal.

El ser humano aislado es el sujeto reflexivo perfecto, un momento en el que cualquiera podría filosofar y reflexionar, lamentablemente las actuales tecnologías introducen el sistema productivo y sus demandas de ocupar el tiempo de ocio al domicilio mismo, aún con esto, el sujeto aislado de clase media (el único lugar del que puedo hablar en primera persona), se enfrentará a instantes de soledad y silencio absoluto, se enfrentará a su propio reflejo y al vacío que existe entre él y el mundo, ante la carencia real de significados de este, un abismo aún más profundo al hacerse consciente de que en ese mar de significados artificiales, nos decantamos como especie por los más planos y superficiales de todos los que pudimos haber creado, esos que nos mantuvieron en la soledad, en la rutina y siendo objetos de consumo y consumidores de objetos perecederos que nos presentaron como felicidad. La ansiedad es un reflejo de la incomodidad personal que sentimos ante una situación que nos aterra por la incertidumbre total en la que nos encontramos y el desconocimiento total de la situación, la “situación” puede estar tanto allá afuera, como también podemos ser nosotros mismos.

No es una casualidad que en esta época de incertidumbre tantas cuestiones que revolucionan el consumo y el enajenamiento salgan al mercado y lleguen a la comodidad de nuestras casas, ya sea por mensajería o por aplicaciones digitales, por un lado es la forma que tiene el mercado hecho sistema de mantenerse a flote por medio del consumo indiscriminado, por otro lado, son placebos de la ansiedad que siempre estuvo y estará ahí en tanto continuemos inmersos en un sistema al que le importa un bledo el bienestar humano y del mundo.

No haber entablado un dialogo real con nosotros y con el mundo durante siglos, nos está cobrando la factura, no a nosotros como generación, sino a nosotros como los representantes vivos de la humanidad.

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