Cultura y Arte

La muerte como principio de lo humano

En todo lo que hacemos está el signo de la muerte. Se podría decir que la muerte es el sistema original y más primitivo de lo humano. Y aunque la muerte en la actualidad, y principalmente para occidente, sea un principio innombrable y tabú, no por dejarlo de nombrar esta deja de existir. No obstante, me atrevería a decir que en la totalidad del globo y en todo momento temporal, la muerte como el sol, ha sido el centro del sistema de lo humano. La muerte es centro gravitacional entorno al cual todo lo demás orbita. Sin embargo, hoy en día, en una suerte de eclipse invertido, el sol y su esplendor oculta el lado oscuro de la vida.

El ser humano afronta a la muerte de diversas formas; ya sea adorándola, temiéndole o ignorándola. Sin embargo, este afrontar la otra cara de la vida misma, poco importa cuando el momento último arriba, no importa qué tanto se le haya deseado o rechazado, el ser humano tiene un destino común: la muerte.

Hablo de un sistema muerte, tan primitivo como lo es el ser humano en tanto ser humano, pues el sentido de vida paradójicamente está fundado en el hecho de que se muere; inevitablemente se muere. Llenamos el espacio que se abre entre la vida consciente y consciencia de la muerte con una serie de elementos que tratan de darle un poco de sentido a una vida que por sí misma no la tiene, una desesperación de obtención de sentido tal que el sistema social e ideológico mismo lo ofrecen en masa: “Compra esto y sé feliz”, “Haz aquello y despreocúpate” o en un sistema comunista “Todo para todos”, “Trabaja por ver realizado el comunismo el inter y trasnacional”.

Las identidades, por su parte, termina siendo una forma más de dar sentido a la vida y, por ende, de afrontar la muerte a través de la sensación de pertenencia a un grupo. La pertenencia a un grupo, en este sentido, es en parte un saberse acompañado en el sendero de la vida misma, a pesar de que el inicio y el final sean absoluta y abrumadoramente solitarios. Es aquí cuando se da lugar a una paradoja humana: el ser humano es un ser naturalmente social y culturalmente político; ambos llevan en sí la necesidad de grupo para ser posibles. El grupo es el principio de posibilidad de lo humano, no obstante, el nacimiento y la muerte, es decir, los principios de los principios de posibilidad de lo humano, son principios solitarios, una contradicción que, sin profundizar demasiado, podría ser la explicación de la tragicomedia humana.

“Llenamos el espacio que se abre entre la vida consciente y consciencia de la muerte con una serie de elementos que tratan de darle un poco de sentido a una vida que por sí misma no la tiene”

El signo de la muerte nos acompaña en todo momento de la vida. La filosofía, ciencias y arte llevan en sí mismas la necesidad del ser humano de trascender la vida, si no él, su obra, la búsqueda desesperada de inmortalidad, de romper los propios límites de lo humano, de sobreponerse a sus propias categorías hechas por el ser humano mismo. El signo de la muerte nos acompaña en todo momento y un suicida, o revolucionario, está dispuesto a afrontar a la muerte ante un rechazo de la vida tal cual es en ese momento. Ya sea a través de su positividad o de su negatividad, la muerte es en sí misma, el signo de lo humano.

El sistema que orbita en torno a la muerte se deja reflejar a través de la vida, el sol resplandeciente que es la vida, no más que el claro del claroscuro, lo oscuro que significa la muerte, no es oscuro por ser malo, esta frontera entre bondad y maldad deja de existir cuando de tratar de definir vida y muerte se trata, esto se observa empíricamente tanto en comentarios cotidianos, en los cuales cuando se hace mención de un asunto tan evidente e inevitable como lo es la muerte, las personas alrededor de uno se sorprenden, persignan o piden asustadas cambiar de tema, como si cambiando de tema la importancia que tiene la muerte en la vida dejara de existir, la vida occidental posmoderna es, en realidad, una fachada, un disfraz que cubre la profundidad misma de la vida, oculta a la muerte como se ocultan los daños estructurales de una casa a través  de una capa de pintura, lo cierto es que mantenemos en las sombras algo que, naturalmente, debería estar igual de iluminado que la vida, le damos la espalda a algo que siempre ha estado y estará ahí, no detrás de nosotros, sino dentro de nosotros. Hasta el hecho de negar la muerte y silenciarla, es un indicador de que la muerte misma define nuestras vidas.

Por otro lado, la negación de la muerte, se puede apreciar igualmente en el sistema que moldea lo social internacionalmente, se proclama un derecho a la vida digna, pero no a la muerte digna, como si ambas no fueran parte de lo mismo, occidente ha cercenado a la fuerza una cuestión que debería entenderse junta y no separada.

La muerte está presente, aunque se le niegue, tiene presencia, aunque se le ignore y cuando se manifiesta en su totalidad, alguien que la mantenía en el desván, tratando de matar a la muerte misma conceptualmente al no nombrarla, no tiene otra forma de lidiar con ella, de enfrentarla, sino a través de la negación, tristeza, furia, es decir, a través de la negatividad que rechaza y no de la positividad que acepta, cuestión difícil de entender para occidente, que hace de la muerte un luto, depresión y tabú, que hace de la muerte un tema prohibido que, tan pronto aparece en las sobremesas, se envía a la hoguera junto a quien la ha hecho palabra y la ha querido apreciar. Aceptar a la muerte y sentir simpatía por ella es algo complicado de entender para occidente, pero recordemos que la manera de afrontar a la muerte, es una cuestión cultural y no natural, es decir, varía dependiendo de la época y de la sociedad, el luto y la tristeza ante la muerte, no son cuestiones absolutas y totalizantes.

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Vivimos negando a la muerte, ignorándola, las guerras que acontecen en territorio nacional o en el extranjero y que dejan saldos mortuorios, son fenómenos ajenos que, al estar transmitidas a través de la pantalla, quedan como ficción, pura producción cinematográfica y no como algo real, sin embargo, cuando la muerte se hace presente e imposible de ignorar, la crisis comienza. La actual pandemia ha dejado en evidencia lo frágil que es la vida misma, lo frágiles que son muestras estructuras, pero lo que es más, hace evidente a la muerte y la hace imposible de ignorar, al enfrentarse con esa cuestión desconocida, a esa región oscura, a esa negatividad construida, el ser humano no puede hacer más que lamentarse y sentir miedo, la marea abrumadora de muerte se enfrenta a un ser humano educado para negarla, en este sentido, la muerte se termina tragando al ser humano. De pronto los medios de comunicación se volcán a narrar a la muerte, a hacerla oír, a mirarla de frente, la medicina comienza a tener una voz poderosa, se estudia a la muerte, la política debate sobre la muerte, la economía mira números de muerte, la muerte desborda al mundo, es la reivindicación de la muerte misma que se manifiesta con su esplendor y nos enfrenta, nos exige mirarla y nosotros, no tenemos más remedio que hacerlo, estamos recibiendo una cátedra intensiva de la muerte y se hace evidente que es necesario hablar de ella, estudiarla, habitarla, no es un sentido suicida, sino en un sentido de vida misma.

La inmortalidad es la utopía humana por excelencia, mirar la cantidad de mitos, cuentos, leyendas y estudios científicos que se hacen sobre la posibilidad de inmortalidad, son abrumadores. La posibilidad de mantener al cuerpo humano sin deteriorarse, la posibilidad de hacer un refractario de la consciencia del yo y así, vivir eternamente, o más reciente, la posibilidad de transmitir la consciencia a un ordenador. La inmortalidad es un tema humano, explotado por la ciencia, el arte, la filosofía y la ética.

Se habla de la inmortalidad en ocasiones con dejo, sin mediar en las implicaciones existenciales y psicológicas que esta tendría, la pregunta que me hago es: ¿Podemos hablar de un cuerpo orgánico inmortal sin hablar de la capacidad psíquica y existencial humana para soportar esta misma? Siquiera podemos hablar de que el ser humano integral tiene la capacidad para afrontar la inmortalidad en su ser, integral en un sentido en el que el ser humano no es solo cuerpo biológico, sino que también es mente y espíritu, al suponer que la vida misma del ser humano gira en torno a la muerte y que este sistema se ha replicado en su negatividad o positividad desde eras primitivas hasta la actualidad ¿Qué sucedería entonces si un día el ser humano alcanza la relativa inmortalidad? Si es la muerte es la que le da sentido a la existencia  ¿La vida eterna y orgánica podría suplantar este principio? ¿Puede haber un sentido real sin muerte? La inmortalidad trasciende una cuestión biológica y se instala en el ser absoluto mismo, si la vida se extiende sin límite aparente ¿Hay sentido en lo que uno hace, siente, cree o piensa? Diversas personas han reiterado que el sentido real en la existencia humana es nulo, sin embargo, la muerte y lo que hacemos previo a llegar a ella, da un sentido personal de la vida, sin embargo, la inmortalidad cortaría de tajo este principio y nos entregaría al verdadero vacío, imposible de ser llenado con significantes personales, la persona inmortal trascendería la historia y se posicionaría en un nivel alejado de lo humano mismo, aislado, mirando como el sentido real no existe, imposible de sobrellevarlo, hasta que deseara la muerte, pues la muerte es en sí misma, el sentido de lo humano.

Texto de Daniel Arias

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