Sociedad y Política

Cadáveres exquisitos: Necro-Estado y mercado

Al privatizar se desprotege a la sociedad. El capital público es un seguro social y, al eliminarlo del modelo económico y alentar la entrada de capital privado mientras se debilita el Estado y el capital público, la sociedad es la que paga la propia venta de su contribución al Estado. Se cambia su seguro, ahorro, garantías y pensiones por un flujo de mercado constante, líquido, concentrado en pocas manos. En otras palabras, el ahorro y el seguro de la sociedad se termina convirtiendo en acción, activo e inversión de especuladores y oportunistas, y estos se terminan haciendo objeto de compra-venta con riesgo de pérdida total. Se hipoteca el futuro sin garantía, el contrato social se viola.

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El individuo del siglo XXI cede su libertad al Estado; esa libertad cedida se convierte en una especie de seguro contra catástrofes. El Estado otorga seguridad a cambio de esa libertad. Sin embargo, cuando el mercado entra en esta ecuación, esta libertad cedida termina por capitalizarse, se convierte en acción, en producto y en liquidez. El Estado al permitir la entrada sin límites del mercado, terminando por vender las libertades de quienes lo conforman y que depositaron en él su futuro. El Estado, en este sentido, se hace un cliente más del propio mercado, abole sus fronteras y permite la depredación económica, comercial y financiera, permitiendo el empobrecimiento de sus ciudadanos y el aumento de la brecha de desigualdad tan abismal. El sujeto cede su libertad al Estado a cambio de seguridad, ese ciudadano que sigue máximas contractualistas termina sin nada; sin libertad, sin seguridad, depredado, desprotegido y desterrado.

Las crisis no hacen más que poner en evidencia los efectos de ese proceder y es que en términos simples, el sistema capitalista en su relación simbiótica con las democracias liberales, es uno en donde se demanda la privatización y la liberalización del mercado a través de la apertura de fronteras y la eliminación o reducción arancelaria. En este sentido, el Estado deja a la sociedad y a los sujetos que la conforman a merced del mercado, uno que liberado de todas sus ataduras reguladoras, es capaz de acabar con industrias nacionales; esto pasó con buena parte de la industria mexicana durante el sexenio de López Mateos, bien representado en el trasfondo sistémico y social de la novela corta “Las batallas en el desierto”, de José Emilio Pacheco. De igual forma se pudo apreciar ante la plena liberalización del mercado con las reformas comenzadas en el sexenio de Miguel de la Madrid y culminadas en la presidencia de Carlos Salinas de Gortari,

El Estado otorga seguridad a cambio de esa libertad. Sin embargo, cuando el mercado entra en esta ecuación, esta libertad cedida termina por capitalizarse, se convierte en acción, en producto y en liquidez

Que el mercado se autorregule es una falacia, la mano invisible de Adam Smith no existe, existen grupos oligopólicos que compran empresas y las hacen pasar a formar parte de sus corporativos. Claro está, heterogeneidad de nombres y opciones las hay, sin embargo, en términos reales, estos nombres no son más que parte de otros pocos y mucho mayores. Si el mercado pasa a ser una entidad independiente de las regulaciones del Estado, este no velará por intereses sociales por la sencilla razón de que el bienestar social no es su jurisdicción.

No se debe malentender filantropía de marca por genuina consciencia social. En cuando esta filantropía deje de vender, se dejará de promover y es que la naturaleza del mercado es la maximización de ganancias y la puesta de esas ganancias en inversión para que el flujo de capitales no se detenga. No obstante, esta nueva inversión de ninguna forma significa el derrame de la riqueza, pues finalmente, esta inversión termina retornando, en un constate ciclo, a las ganancias del inversor y por ende, a la acumulación dinámica de su riqueza.

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Separar dos entidades tan macrosociales como lo son el Estado y el mercado significa que, indudablemente, terminarán enfrentándose para devorarse entre sí, sin embargo, el mercado lleva una clara ventaja, pues goza de libertades de las que el Estado no, es decir, se liberaliza al mercado para que este se desarrolle con plenitud, con un mínimo de reglas estatales e internacionales. No obstante, lo mismo no se puede decir del Estado que se ha venido debilitando desde hace décadas, en otras palabras, no existe un Estado fuerte capaz de hacerle frente al mercado, pues el propio mercado actúa como germen desde el interior de estos mismos. Solo hace falta ver a los congresos estadounidenses dominados por élites y lobbies industriales, financieros, farmacéuticos, etcétera. Una clara señal de que es el mercado y su interés necrótico y no la política en su supuesta salvaguarda de los intereses sociales, el que toma las decisiones reales de Estado.

“Separar dos entidades tan macrosociales como lo son el Estado y el mercado significa que, indudablemente, terminarán enfrentándose para devorarse entre sí, sin embargo, el mercado lleva una clara ventaja…”

Ahora bien, cuando el Estado se “ensancha” y comienza a otorgar ciertas seguridades sociales a los sujetos que lo conforman, el mercado se siente agredido, pues estas seguridades terminan representando un freno a las oportunidades de mercado a las áreas privatizadas en las que se puede invertir y explotar. Es entonces cuando los representantes políticos de los grandes capitales se lanzan sobre estos Estados, ya sea mediante amenazas, embargos, intervenciones o sugerencias que parten de las instituciones que moldean el sistema internacional como el Fondo Monetario Internacional, principal promotor de las reformas neoliberales, que terminan siendo las condiciones para obtener un préstamo. Al final, el sistema internacional se maneja más como un banco que como un entorno anárquico o cooperativo.

El mercado busca una corriente libre de obstáculos y un Estado ensanchando es su principal freno. Buscar abolir algunas seguridades y garantías que el Estado brinda a su población fue parte de las políticas seguidas durante la guerra fría en el bloque capitalista, y posterior a la Guerra Fría con el triunfo del capitalismo y de la supuesta globalización.

La crisis actual no hace más que evidenciar esto: la desprotección de la sociedad en su generalidad con respecto a las fuerzas del mercado que han privatizado la salud y han debilitado las seguridades sociales universales. Y es que el mercado antes de ver humanos ve números, después de esos números ve un costo-oportunidad-riesgo y finalmente ve segregados los sectores poblacionales que se verán afectados o beneficiados, sin embargo, el beneficio social es una cuestión colateral del propio beneficio de mercado.

Y es que el mercado antes de ver humanos ve números

La privatización desmedida y total que sea desarrollado desde hace más de dos décadas, da muestras de su propio fallo en esta crisis social, sin embargo, se debe ser claro, lo que falló no es el mercado, finalmente el mercado tienen una estructura y razón de ser diferente a la del Estado, en este sentido, el mercado ve en esta debacle civilizatoria su propio triunfo, pues sigue generando riqueza a costa de la propia generación de pobreza. Diarias son las noticias de multimillonarios como Jeff Bezos que incrementa su riqueza en millones por día. Lo que ha fallado son los propios Estados que han permitido adrede esta desprotección de la sociedad, los contractualistas hablaron sobre el contrato social que emana de la simple aparición del ser humano al interior de una estructura de Estado, un ser que cede parte de su libertad por seguridad, pero ¿Qué sucede cuándo el propio Estado falla rotundamente en su propia obligación emanada de ese pacto primero? La sublevación, resistencia o revolución han sido las respuestas de algunos teóricos como Marcusse que estipulan que una facultad y derecho del ser humano, es el propio derecho a la resistencia.

No nos engañemos, la actual pandemia no es un fenómeno que haya destruido a las economías y sumido en la pobreza a millones, tampoco que haya desempleado y hecho morir repentinamente a quienes enfermaron, esta tendencia necrótica se puede apreciar desde los orígenes del propio sistema capitalista, un modelo económico que pasó a ser civilizatorio a través de las democracias liberales cuyo origen es uno de clase y, por ende, tiene intereses de clase y no universales. Esta pandemia no hace sino evidenciar algo que ya venía sucediendo desde hace años: Condenar a muchos, hacer ganar a pocos.

Texto de Daniel Arias

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