Sociedad y Política

Del otro lado del mostrador: “Pues seguro lo haces enojar”

Después de un descanso un poco obligado y que tiene mucho que ver con el hecho de que he perdido todo sentido del tiempo y los días son más bien un continuo que no termino de entender, he tenido la cordura de recordar que era martes y había que escribir.

La verdad no estaba segura tampoco sobre de qué tema quería hablar. Sin embargo, sí sé lo que quiero decir pero no encuentro aún la manera de decirlo. Así que por lo mientras les contaré una historia de algo que presencié estando en la tienda hace unos meses y que aún me hace un poco de ruido en la cabeza.

Resulta que fuera de la tienda hay un pasillo en el que pasan todo tipo de cosas. Si pones atención puedes enterarte de la vida de muchas personas.

En una ocasión, estaban un grupo de mujeres platicando cerca de mí, eran al rededor de cinco: una niña de unos cinco años, su mamá de alrededor de veinte y otras tres mujeres de entre 40 y 50. La mamá de la niña le preguntó a una de sus mujeres (la abuela de la niña) si se podían quedar esa noche a dormir con ella porque “su esposo llevaba días de muy mal humor”. Lo primero que la señora le preguntó a su hija fue si ya le había dicho a su esposo que no iba a llegar a la casa. -Le llamé pero no me contestó- dijo la muchacha.

En ese momento se hizo un silencio hasta que otra de las señoras le dijo -hija, si está de mal humor y tú no llegas, solo se va a poner peor, mejor apúrate y que cuando llegue ya esté lista la comida-. En un segundo la conversación versó por completo en un continuo cuestionamiento sobre las habilidades de la muchacha para mantener la casa, los horarios en los que salía, en qué se gastaba el dinero y en lo que debía hacer para ya no molestar a su esposo.

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Los cuestionamientos continuaron por un largo rato, interrumpidos solamente por la muchacha que trataba de contactar por teléfono a su esposo, aunque nunca le contestó. Al final, las mujeres la mandaron a su casa para que no se le hiciera tarde, ella les dijo que no importaba, ya que su esposo siempre llegaba ya muy noche aunque saliera del trabajo a las 8. A nadie le pareció importarle.

Cuando se fueron me quedé pensando en todas las cosas que estaban mal en esa situación. Pensé en la poca atención que le prestaron a una mujer que muy probablemente estaba sufriendo violencia en su hogar, de la forma en la que la conversación la responsabilizó a ella de esta violencia y de todo lo que las otras mujeres probablemente habían vivido también hasta acostumbrarse a que esa fuera la vida dentro de un matrimonio.

“A nadie le pareció importarle…”

Muchas veces hablamos de violencia, de machismo, de desigualdad y ponemos esos conceptos en un nivel muy alto. De forma casi académica, usamos ejemplos complicados y extremos, cuando la realidad es que en los pasillos del mercado, en las bancas del parque, las conversaciones de Facebook y las llamadas en el transporte público hay ejemplos mucho más cercanos, mucho más sutiles y muy constantes. Situaciones de personas que no saben que están sufriendo violencia y que la están reproduciendo y enseñando a sus hijas. Es esa violencia machista tan pequeña, pero tan grande, que no se deja ver y que se esconde en las zonas mas pequeñas del país.

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