Expresiones

Solo tres minutos más, solo tres

Sinopsis: Una mujer narra su vida a través de sus recuerdos y memorias marcadas, mismas que fueron moldeando la persona en la que se ha convertido. Conforme va creciendo, se vuelve una lucha constante el estar viva.

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Solo tres minutos más, solo tres.

Tenía apenas unos años de vida cuando aprendí a caminar, a mi lado estaba mamá y papá. Me acuerdo que cada vez que me caía, papá decía: trata de aguantar ésta vez, solo tres minutos más…solo tres. Y poco a poco, ya no paré.

Para entonces no teníamos mucho dinero, apenas papá y mamá salían tarde de la universidad para empezar a ser médicos, por ello, mi abuelo nos prestó su casa, lejos de la ciudad pero muy cerca de la calma. Me acuerdo que era bastante fría en invierno, sin embargo, era en verano cuando se asimilaba al cielo. Me acuerdo que ahí pasé mis mejores años de mi vida, comiendo tapioca con mamá, tirándome de la resbaladilla con papá, jugando con mi hermano a las escondidas.

“¡Uno, dos, tres! No te quieras para siempre esconder”, decía mi hermano. Si tardaba en aparecer decía “¿Dónde estás que te extraño?” Y de pronto mamá me reprendía: “no le des tantos sustos a tu hermano, es que ¡mira que se está esforzando!” Luego en la noche papá llegaba a cenar, no sin darnos antes mil y un abrazos. Éramos nosotros cuatro contra el mundo, éramos solo nosotros cuatro aquellos domingos; sé que no teníamos tantos pesos, sin embargo, me gusta aferrarme solamente a estos recuerdos.

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Con el tiempo fui creciendo, y mis faldas de ballet se fueron yendo por camisetas y vaqueros. Los libros fueron reemplazando a todos mis muñecos. La música de fantasía ahora llevaba bajo, guitarra y batería. Y fui creciendo…ya no era más una niña.

Y me acuerdo que la vida no se detenía, después de mi infancia, yo ya estaba aprendiendo álgebra y geometría. Me acuerdo de las lágrimas que derramé aquel día, todo porque los niños y niñas no me querían. Me acuerdo esa vez en las escaleras que quisieron tomarme fotos debajo del vestido, y el maestro al llegar al salón me dijo: “¿Por qué tanto escándalo? Es normal, ¿qué hay de malo contigo? Tú sigue estudiando y nada más. Me acuerdo que ese día sentí mucho más que el castigo.

Tiempo después conocí a un chico, era tierno, caballeroso y dulce conmigo. Me dijo que me amaba, que yo fui siempre lo que soñaba, lo que quería, lo que anhelaba, pero también me dijo que si a él yo también le amaba, entonces le enseñaría lo que había debajo de mis bragas. Me dijo que no le dijera a mamá, a papá o a mi hermano, me dijo que este era un “secreto de amor entre ambos”; yo en él confiaba, y me tendió su mano hasta su cama; en esos momentos yo solo pensaba:  trata de aguantar ésta vez, solo tres minutos más…solo tres. Y poco a poco, ya no pensé en nada.

Me dejó a la semana siguiente; yo destrozada estaba, no obstante, mamá y papá me cuidaban. Ahí aprendí que de amor no te mueres, pero sigues aprendiendo a amar diferente. Días después, mi hermano empezó a preguntar un poco más dónde me encontraba,  y como cualquier adolescente desesperada empecé a salir más de la casa.

Ahí aprendí que de amor no te mueres, pero sigues aprendiendo a amar diferente

Cuando por fin pude hacer unas cuantas amigas, empezamos a salir a escondidas. Recuerdo una noche fuera, cuando al fin probé la bebida, pero sin darme cuenta, le habían metido una pastilla. Gracias a la vida que me quiere tanto, mi amiga se dio cuenta y tiramos al inodoro todo el vaso. A mi cama regresé con miedo, ya no quise salir por eso, pero mis amigas me dijeron: “¿por qué tanto escándalo? Es normal, ¿qué hay de malo contigo? A todas nos ha pasado. Y poco a poco, ellas se fueron.

Y luego, cuando todo se puso negro, conocí a otro chico, menos alto, pero más apuesto. Me volvió a tender sus brazos, y me dijo que él nunca me haría daño. Cuidaba de mí, claro que lo hacía: me decía que no comiera tanto, que la panza ya se me estaba notando. Cuidaba de mí, enserio, porque me decía que no llevara ropa sino me tapaba desde tobillos al cuello. Cuidaba de mí, pues no dejaba que nadie más se me acercara, que yo era suya hasta que la muerte nos separara. Y a veces cuidaba demasiado de mí, porque cuando él decía que yo era una chica mala, me ponía de espaldas, con violencia me recostaba, me daba nalgadas, y  sin preguntar en mí entraba. Nunca dije no, nunca dije sí, pero en mí mente me repetía: trata de aguantar ésta vez, solo tres minutos más…solo tres. Y poco a poco, ya no dije nada.

Cuando mamá, papá y mi hermano se enteraron, en un segundo de él me apartaron. Caminé lejos de allí, sin embargo, yo sentía que ya nada tenía sentido. Y me fui haciendo adulta, me convertí en alguien mucho más madura. Aún así, mi hermano preguntaba todavía dónde estaba, pues él sabía que en el camino había gente mala, gente que me seguía de la universidad hasta mi casa; gente que me enseñaba, a veces se me insinuaba; gente que me llamaba “fácil”, “tonta”, “fea” y “mogijata”. Y así, mi hermano me seguía preguntado: “¿dónde estás? No te preocupes, yo te alcanzo”.

Y siguió pasando el tiempo, y la ropa rebelde fue cambiando por la de oficina. Los cuentos de amor cambiaron por libretas de cuentas y de números. Dejé de bailar incluso los fines de semana, porque el sueldo no era lo que yo esperaba, pues la especulación de ser madres en un futuro mucho dinero nos quitaba. Y fui creciendo, en mí, una mujer estaba naciendo.

Poco después, mamá y papá se fueron alejando por cuestiones de trabajo, y mi hermano tenía que seguir creciendo y estudiando. Fue allí cuando sentí que la vida nos había separado. No obstante, yo entendía que todos cambiamos, así que traté de ponerme en mis propios zapatos. ¿Qué tan malo sería decidir por mí en este mundo tan bizarro? Encontré a amigos y amigas de verdad, que tanto me querían, y un novio con el que pronto me iba a casar. Todo iba bien, todo era fenomenal, ¿cómo es que algo malo podría llegar a pasar?

Y fue saliendo del trabajo cuando me gritó un compañero: “¡venga! Vamos, yo te llevo a casa, sube al auto”. Aunque le dije “no, gracias, iré caminando, me queda cerca mi casa.” Él insistió con: “¿por qué tanto escándalo? Es normal, ¿qué hay de malo contigo? Venga, vamos”.

Lo demás lo recuerdo nublado, yo no sé como llegué a su cuarto. ¿Cómo es que no para, si estoy llorando? ¿Por qué mi cabeza está sangrando tanto? ¿Habrá en serio conmigo algo malo? ¿Y es que es tan malo ahora confiar en un extraño? ¿Fue mi culpa? ¿La mía? ¿Por haberme subido a su auto? ¡Pero si era mi compañero de años de trabajo! Papá, mamá y mi hermano en casa me están esperando, ¡Déjenme volver! ¡Todavía tengo 24 años! No he alcanzado a hacer lo que tanto había soñado…

¿En una sola noche todo se ha acabado? ¿Por qué papá ahora no me está abrazando? Estoy fría y tirada en el suelo. ¿Mamá? ¿Por qué no estás a mi lado? Dile a mi hermano que yo también lo extraño. ¿Por qué esto está pasando? No fue mi culpa, yo luché hasta el último estrago, escuchando la voz de papá: trata de aguantar ésta vez, solo tres minutos más…solo tres… pero ya no aguanto.

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