Sociedad y Política

China: El chivo expiatorio del sistema

La experiencia es una cuestión de subjetividad. La experiencia puede ser definida en su propia abstracción, pero jamás comprendida en su totalidad  por el otro que la escucha, hay mucho más sentido en contestar a la pregunta “¿Qué te pasa?” con un simple “nada”, que tratar de hacer una arqueología y escaneo de todo el sentir personal, para al final no lograr más que un desentendimiento o una aproximación vulgar por parte de la otra persona acerca de nuestro sentir. Sin embargo, el ser humano no es un ser de puros sentidos, es decir, no es un imperio a la lógica y a la razón, si el ser humano llena los eventos vivenciales con sentimentalismo y emociones, es porque la irracionalidad es lo imperante en el ser que se jacta de constituir como un ser lógico. El ser humano no es más que una simbiosis de emoción y razón, ambas contaminándose una a la otra llegando a hacer parecer a los argumentos menos sostenibles, cuestiones emanadas de la razón pura, aunque estos argumentos no sean más que emociones intelectualoides.

No hay razones (irónicamente) para pensar que los sentimientos son cuestiones que obstaculizan al ser humano, al contrario, son los sentimientos y las emociones aquellas que terminan de constituir y definir a lo humano, las emociones y sentimientos son, en conjunto con el encuentro del ser con otros seres que posibilitan la tenue comprensión del ser mismo, es decir, ante el encuentro de libertades personificadas, tan libres como mi ser, pero a su vez, tan diferentes; son los responsables para poder hablar de sociedades y de empatía, que aún con sus críticas y sus extensas deficiencias, no hacen sino demostrar que no basta la razón pura para constituir una vida política y familiar, entablar relaciones con otros y realizar rituales simbólicos que, en términos lógicos, no tienen sentido alguno, pero que en términos emocionales y sentimentales, significan por completo. La historia misma, en muchas ocasiones deshumanizada al tratar al ser humano como un objeto de estudio, nos muestra una y otra vez, que las relaciones de beneficio mutuo, los contratos sociales racionales o las organizaciones políticas para facilitar la vida y la supervivencia, no bastan para explicar el trasfondo de lo humano. Finalmente esas cuestiones son pura forma, moldes que contienen toda una esencia y que le dan a la vida una formalidad exterior, pero es que la verdadera profundidad humana radica en su irracionalidad.

Se puede hablar de ciencia como el bastión de la evolución de la especie, lo que es más, se puede ver a ciencia como el principio posibilitador de evolución de la especie, pero es que la ciencia por sí sola no es nada sin humanidad, por supuesto, se pueden fundar estructuras de organización de la vida  basadas puramente en la lógica, quizá hasta mejor fundadas y sustentadas, pero estas estructuras estarían lejanas de ser estructuras humanas, sociales y políticas, es decir, serían estructuras anti-humanas. Es la segunda guerra mundial y la producción de la guerra y el exterminio en serie, lo que es tal vez el punto más representativo de la revolución industrial y de permitir que sea la razón lo que prime, pues demostró que cuando un grupo humano es ajeno a los intereses lógicos de los grupos en el poder, se puede utilizar a la maquinaria industrial para su eliminación.

El ser humano solo se puede llamar humano por la existencia del arte, el arte como un término extensivo, si el ser humano tan solo fuera un ser lógico, la tragicomedia no habría sido parida junto a él, tampoco el absurdo, la nada, la angustia de mortalidad, etcétera, grandes pensadores que fundan sus pensamientos sobre la lógica, en un acto que para la evolución animal se podría calificar de “error biológico”. Terminan suicidándose atentando contra la naturaleza misma, la cual prescribe en los animales el imperativo de supervivencia, pero es que estas cuestiones irracionales son tan fundantes en el humano, como lo es la razón misma y no se puede ver la una sin la otra.

“Las emociones son humanas y estas son más cercanas al instinto que a la razón, mientras que la razón es meditada la emoción y el sentimiento son reactivas”

Al contrario de la ciencia, las emociones y sentimientos mismos no son medibles ni cuantificables. Los entendidos en la ciencia me responderán diciendo que estoy cayendo en una falacia y que si es posible realizar mediciones referentes a los sentimientos, acorde a la cantidad de químicos segregados y a la actividad cerebral del sujeto. No estoy negando estas cuestiones, pero nadie dudará que lo que se miden son datos, datos que se pueden interpretar y explicar de acuerdo a los fenómenos observados, realizar incluso tesis que prueben que el ser humano no es más que una bolsa de químicos que reaccionan consigo mismos y que es el medio exterior lo que activa estas reacciones, de la misma forma en que dos corrientes opuestas de aire encontradas se sintetizan en un huracán, por supuesto, pero las emociones y sentimientos a pesar de tener su origen más próximo en el instinto animal, para el ser humano le significan más que reacciones químicas, al grado de poder contradecir las lógicas naturales y culminar en suicidios, prueba de ello es que hasta los científicos se enamoran y a pesar de saber la inherente explicación de su sentir, este sentimiento no deja de tener algo de misterio para ellos, y es que estas cuestiones son así, se explican las formas, pero ya sea que el ser humano sea susceptible a percibir cuestiones que van más allá, o que sencillamente seamos un fallo biológico evolucionado, sabemos que detrás de las formas, hay más.

Ahora bien, las emociones son humanas y estas son más cercanas al instinto que a la razón, mientras que la razón es meditada la emoción y el sentimiento son reactivas. Es un hecho que debe existir una mediación entre razón y emoción para no caer en cuestiones trágicas, cuando se trata de eliminar o se elimina a una de estas dos, se termina por caer en primar a una forma y mutilar todo lo que ligeramente se salga de esta, o a la esencia y dejar que esta se desborde sin medida, en otras palabras, degenera en la aniquilación de lo humano.

La razón conjugada con el sentimiento, da como resultado una especie particular de razón, ejemplo de ello es el hecho de que a pesar de que el bien mayor sea decantarse por una alternativa, si este bien mayor conlleva a poner en riesgo o eliminar a otros, el humano en tanto sujeto y no colectivo, tratará de llegar a una nueva razón que no requiera del sacrificio de algunos -la tragedia política radica en el hecho de que nunca se podrá salvar a todos-, es decir, se volverá irracional.

La lógica, el ser humano no es el único que posee esta facultad, los animales requieren de una lógica abstracta para sobrevivir, el mono requiere de una lógica abstracta para pelar el plátano, para saber los pasos a seguir para llegar de un lado a otro, sin embargo, es el ser humano el poseedor de un razonamiento lógico, de un proceso mental que permite crear metodologías de acción y pensamiento para la vida.

La historia es la conjugación de estas dos cuestiones sentimentales y racionales en su paso por el tiempo y la tensión constante que existe en ambas, una cuerda siempre tensa que en ocasiones está más de un lado o de otro, pero que jamás se rompe.

El miedo podría calificarse de ser la cuestión más instintiva del ser humano, es decir, de ser el sentimiento más “primigenio” de la especie y es que el miedo está intrínsecamente relacionado con el imperativo natural de supervivencia, el miedo es una señal de peligro y el escalofrío es un remiendo evolutivo que se asemeja al pelaje erizado del perro, gato, lobo o león cuando estos se sienten amenazados por algo visible, o invisible pero perceptible en el entorno.

“La actual pandemia es solo un episodio histórico más del que aún no se puede hacer historia y es que, como Hannah Arendt estipula, la historia solo se puede hacer por sujetos alejados y ajenos al suceso que pueden ver al tiempo como objeto de estudio y no como experiencia”

El miedo, se dice, es irracional, porque en términos generales es inexplicable, sencillamente se siente y en ocasiones ni siquiera sabemos por qué tenemos miedo, es sencillamente una percepción subjetiva de un entorno que nos parece amenazante.

Las fobias son aún más irracionales, claro que la psicología tiene demasiado que decir al respecto, pero en términos generales, una fobia es un miedo irracional, o irracional en apariencia, la cual tiene en algo particular a su objeto traumático, un objeto al que solo le basta su aparición para inmovilizar el cuerpo y bloquear la mente de ese que detenta la fobia y es que la fobia no solo implica un miedo intenso, sino también, un rechazo total del objeto.

Han existido diversos momentos a través de la historia que se han diseñado para explotar el miedo y hacer de ese miedo un medio político y politizante, no es que el acontecimiento por sí mismo no hubiera existido, pero es que el acontecimiento después de suceder si fue politizado y posteriormente securitizado. La política del miedo es común, se mantiene por el discurso y explota el miedo del sujeto, uno que vuelve a su estado más instintivo e irracional y está dispuesto a cederlo todo por su seguridad, la cual no es más que el concepto político de “supervivencia”. La securitización, solo puede darse mientras exista un miedo social y generalizado, pues ese miedo al ser compartido, genera consenso y el consenso, posibilita un accionar político que en tiempos de paz sería ilegal. Estados Unidos en este caso, es un país que está en guerra constante, el nerviosismo y miedo social de su población es igualmente constante.

La actual pandemia es solo un episodio histórico más del que aún no se puede hacer historia y es que, como Hannah Arendt estipula, la historia solo se puede hacer por sujetos alejados y ajenos al suceso que pueden ver al tiempo como objeto de estudio y no como experiencia. Sin embargo, la pandemia, podemos decir desde ahora, es un momento que se ha securitizado, esto quiere decir que previamente se ha politizado y se explota el miedo social para generar consenso.

La sociedad actual es una sociedad histérica, angustiada, nerviosa y ansiosa, y es que el entorno es percibido por el ser humano como un entorno amenazante que nos eriza la piel y nos hace percibir a una amenaza invisible, se vive un momento de xenofobia, es decir, de miedo al extranjero, pues este extranjero ya es un virus por sí mismo, si existiera una constante en este miedo se podría decir que cuando menos el ser humano realiza el esfuerzo por justificar su fobia de manera ligeramente lógica, pero ha quedado en claro que esta xenofobia tiene características diferenciales y jerarquizada, como cualquier miedo, está dirigido hacía algo en particular, no hacia una generalidad, no se tiene miedo de la noche en su totalidad, sino de una clase muy específica de noche, pues ese miedo es, hasta cierto punto, irracional.

El miedo al  otro no es algo nuevo, durante milenos el ser humano le ha temido a la otredad, pues esta otredad tendía a generar conflicto y violencia por la competencia de territorios, de cierta forma el miedo al otro estaba justificado por cuestiones “naturales”, además de que la otredad no solo era el ser humano mismo, sino el enfrentamiento que existía entre el ser humano y la naturaleza salvaje, no fue sino a partir de la organización política, que esta otredad adquirió una forma totalmente humana concebida como bárbara, a la otredad se le construyó discursivamente a través de narrativas y de símbolos, el rechazo que existía entre el “yo” y el “otro” se agudizaba por los enfrentamientos bélicos entre grupos, un enfrentamiento que ya no se reducía a una cuestión de territorialidad animal, sino que ahora se cargaba con símbolos religiosos, rutas comerciales y pretensiones políticas. El choque entre Egipcios y Griegos, entre Griegos y Persas, entre Chinos y Mongoles, entre Romanos y Hunos, entre cristianos y musulmanes, entre capitalistas y comunistas, entre occidentales y medio orientales, no son más que choques de otredades que se entienden entre sí a través del miedo, o que más bien, no se entienden.

En el caso mexicano no estamos exentos de estas dinámicas, sin embargo, la particularidad mexicana radica en el hecho de que tiende a alinearse con estereotipos hegemónicos, de esta forma, es más sencillo que rechacemos a un centroamericano con el que cultural, histórica y socialmente compartimos más similitudes, que a un estadounidense o europeo y es que nuestro entendimiento del estadounidense o del europeo es mayor que el que tenemos del centroamericano, sobra decir, que ambos son entendimientos fundados en la mentira promovida por la industrial cultural.

Nuestro estilo de vida es un estilo artificial, adoptamos las formas que Estados Unidos o Europa a través de sus industrias culturales exportan al mundo como modelos ideales, no solo en lo referente a la economía o a la política, sino también en la música que escuchamos, la ropa que vestimos, las películas y series que vemos, todo esto moldea un consenso de opiniones, es por ello que la opinión de Europa o de Estados Unidos, terminará por ser una opinión consensuada en México.

El hecho de que la xenofobia se dirija a unos, pero omita a otros, sin justificante real alguna, es muestra de que esta xenofobia es ideológica y no natural, sin que pretenda motivar el rechazo hacía alguna sociedad dejo la siguiente pregunta ¿Por qué rechazar a los chinos y no a los estadounidenses que son quienes hoy en día tienen al interior de sus fronteras aproximadamente al 30% de los casos mundiales? Cierto es que no fue en Estados Unidos donde se dio el brote, pero han sido las instituciones occidentales y no las orientales las que se han demostrado incapaces de poder lidiar con la pandemia. El discurso de odio a su vez es alentado por el propio presidente Trump, que no ha cesado de responsabilizar de la totalidad de la tragedia a China, Trump como líder de la nación más poderosa del mundo, para bien o para mal, es un referente de opinión pública internacional, en este sentido, la opinión xenófoba de Trump se propaga por las esferas sociales que concibe al discurso hegemónico estadounidense como el verdadero.

Hoy en día cualquier sociedad es inmunológicamente débil e incapaz de afrontar nuevas enfermedades de forma eficiente, un poco por los cocteles de antibióticos que no hacen sino hacer resistentes a los agentes bacteriológicos y otro tanto por nuestros hábitos y condiciones de vida personal y social, culpar a un solo país y sociedad de la crisis que se vive, es un proceder sencillo para naciones que se lavan las manos de culpa y que suspiran aliviadas por no haber sido ellas el epicentro del brote y es que, en términos objetivos, las condiciones sociales mundiales hacen a cualquier país propenso de sufrir un embate de esta clase.

La actual xenofobia hacia el asiático y particularmente hacia el chino, es discursiva, pues se promueve y se sostiene desde el discurso y la mediatización de estas opiniones sin fundamento y especulativas que la gente cree solo por provenir de personajes que detentan el poder, aunque debemos de recordar que a pesar de que el conocimiento es poder, no siempre el poder es conocimiento y este poder puede fundarse sobre mentiras que se expresan como verdades y hoy más que nunca, debemos de hacer un repaso histórico de cuantas veces Estados Unidos no enarboló un discurso de miedo y de odio por intereses políticos y económicos.

Para finalizar, quisiera hacer un ejercicio de memoria, de la misma forma en que el mexicano hoy rechaza al chino por ser los supuestos “culpables” de la actual pandemia, debemos recordar que existió otra pandemia de la que nosotros fuimos pioneros en 2009, en un ejercicio de empatía debemos de comenzar a ver a la sociedad china como una víctima de esta enfermedad y no como la responsable, pues existe una línea divisoria entre esos que toman las decisiones políticas y esos que reciben de forma sumisa los decretos, la sociedad china y el régimen chino son entidades diferenciadas, lo mismo sucede con cualquier Estado en el mundo.

Culpar a los chinos por esta pandemia, es equiparable a culpar a los estadounidenses por el terrorismo, o a los mexicanos por el narcotráfico, cuando la realidad es que estos fenómenos son producto de un sistema internacional y globalizado y globalizante trazado por élites económicas y políticas y no por la sociedad en general. Es la debilidad institucional, los procesos de consumo y la debilidad inmunológica del sujeto que se inserta en un esquema productivo, acumulativo y explotador, las verdaderas responsables de esta crisis internacional.

Culpar a China de esta crisis es hacer de este país un chivo expiatorio del sistema democrático capitalista globalizado.

Texto de Daniel Arias

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