Sociedad y Política

El A,B,C de porqué los desposeídos NO son los culpables de la pandemia

Daniel Arias

Hablar de la pandemia ha pasado a ser un cotidiano más, se ha establecido, en menos de lo que pudimos prever, en un tema de conversación que viene junto a nimiedades como “Buenos días”, “Hace calor”, “¿Cómo estás?”. La pandemia se ha insertado en la cotidianidad por el sencillo hecho de que esta ha pasado a ser “lo normal”, difícil de aceptarlo, pero nos hemos acostumbrado a vivir pandemizados.

Sin embargo, esta pandemia que se ha globalizado y que ha pasado a ser tema prioritario en la agenda pública de los gobiernos y del mundo, es solo un problema menor en comparación con los problemas sistémicos que la pandemia ha hecho visibles. Si esta situación ha venido a poner, según el discurso hegemónico, en riesgo la existencia misma del sistema, conformado desde el propio sujeto individualizado, hasta el mismo sistema global, es porque las instituciones que conforman al sistema han fracasado. No se hablaría de riesgo existencial con sistemas de seguridad social eficientes que vean a las personas como lo que son: personas y no números. No se hablaría de riesgo existencial si a la enorme brecha de desigualdad no se le hubiera permitido expandirse año con año. En fin, no se hablaría de riesgo existencial si el sistema no estuviera en genuino estado de putrefacción. Claro que una pandemia es un riesgo existencial para semejante estructura tan desgastada.

Nos hemos acostumbrado a vivir pandemizados

¿Una crisis? ¿Para quién? ¿Quién define la crisis? Son preguntas que siempre se deben de hacer, al final de cuentas una crisis depende en demasía de quién la define y de cómo la vende al mundo, en definitiva, el hecho de que se venda a la crisis social como una crisis pandémica, es decir, una crisis hasta cierto punto técnica que tendrá su punto final en cuanto exista vacuna o tratamiento eficiente.

Fue inteligente por parte de quienes detentan el poder del discurso definirla de esta forma, pues al definir la crisis como una cuestión plenamente médica y en sector salud, limita una crítica generalizada a la verdadera crisis que es social. Es decir, se contiene la explosión crítica al limitarla a una sola dimensión con la que el sistema puede perfectamente lidiar a través de reformas, como un placebo.

No obstante la crisis existe. Existe de diferentes formas: una crisis al interior de un sistema corroído a punto de colapsar que necesita encontrar la forma de sostenerse a sí mismo, una crisis en un sistema salud mundial colapsado ¿La constante de los sistemas salud estatales que se insertan en el sistema mundial? Sistemas definidos por el mercado y no por las necesidades sociales y humanas. Sin embargo, existe una crisis que antecede a estas dos primeras, una crisis que viene de la mano con la propia génesis del sistema capitalista y de la que, a conciencia, no se habla, ni hoy, ni nunca, es la crisis social de la desigualdad y es que la desigualdad es el motor del sistema capitalista, este, sin desigualdad, literalmente deja de existir. Sin embargo, esta crisis es contrahegemónica, es decir, nunca se hablará de una crisis social de desigualdad dentro del círculo dominante y una crisis mientras no se defina, no existe.

La actual pandemia saca lo mejor de nosotros, de la misma forma en que la caravana migrante de 2018 sacó al pequeño racista xenófobo que el mexicano lleva dentro y no entendía de razones sociales e históricas. A pesar de que la migración de Suramérica hacia México era una fenómeno social recurrente desde décadas atrás y a pesar de que el suramericano ve a México como tierra de paso, no fue hasta que la migración se mediatizó que generó controversias al interior del país de personas que enarbolaban su repentino nacionalismo que disfrazaba su rechazo a la otredad y que, pocas semanas después, olvidaron a la caravana y dieron por hecho que las cosas existen en tanto aparezcan en las noticias.

De esta misma forma la actual pandemia está reflejando otro de los más agradables elementos del mexicano. México, siendo la tierra de las sobremesas familiares, de la hospitalidad, de la parranda, de la hermandad, actualmente está inmerso en una de las tantas divisiones sociales que tanto lo caracterizan. Si ayer era el ciudadano mexicano que paga impuestos, que tiene una familia a la usanza estadounidense y que apoya a partidos de derecha, el que se levantaba en contra de la división tajante que, como decreto presidencial, dividía a los ricos de los pobres, o a los “fifís” de los “chairos”, hoy, esta misma clase, como es natural, no ha demostrado ser mejor al dividir a la sociedad entre “los de afuera” y “los de adentro”, “los que se quedan en casa”, “los que no se quedan en casa”, en otras palabras, se dotan de una superioridad intelectiva y hasta biológica al dividir el “nosotros los superiores” del “ellos los inferiores”.

Esta crisis es contrahegemónica, es decir, nunca se hablará de una crisis social de desigualdad dentro del círculo dominante y una crisis mientras no se defina, no existe

¿Pero a qué se debe esta división? ¿A qué se debe este fraccionar a la sociedad en dos categorías opuestas? La respuesta se encuentra en la propia desigualdad, cuando a alguien de la opinión de que quienes están afuera sin necesidad son ignorantes se le pregunta ¿Por qué cree que es así? La respuesta vagará en superficialísimos que difícilmente llegarán a una respuesta clara “Es que son ignorantes”, “Es que no les importa su salud”, “Es que no tienen cultura”, etcétera, esta clase de respuesta no hace más que delatar que la ignorancia de la clase baja es distinta a la ignorancia de la clase alta, sin embargo, ambas resultan en lo mismo: Ignorancia.

La clase alta tiene una plena ignorancia de todas las dimensiones de la clase baja, no es para menos, para las clases altas el pobre siempre le ha resultado una clase de “invisible”, si acaso “medio presente” y cuando se le nota en nuestro camino hacía algún lugar en la comodidad del auto, se le nota como una entidad borrosa, esto es normal, pues las clases altas solo entienden al desposeído a través de prejuicios, la construcción de la pobreza no se gesta desde la pobreza en sí, sino desde los poseedores de la riqueza y de forma casi reaccionaria se concibe al pobre como ignorante (aún cuando hemos dejado en claro que el rico es igual de ignorante) como si ambas categorías emergieran al mismo tiempo en el sujeto desposeído, cuando la realidad es que estos conceptos son diferenciados y tienen distintas génesis, es por las condiciones materiales de la pobreza (carencia de recursos, de alimento, de techo, de educación, de salud, etcétera) que la ignorancia tiene lugar.

No tengo intenciones de hacer un recorrido histórico de un sistema que alienta a la desigualdad y la erige como “desarrollo”, sin embargo, quiero ser claro en que a la desigualdad no se le debe tomar como algo natural, es decir, como algo apriorístico, pues finalmente, la desigualdad no es más que una construcción histórica hecha por seres humanos, o, en otras palabras, la desigualdad no es natural, es cultural y se mantiene por beneficio de grupos minoritarios.

¿Quién es pobre lo es porque es ignorante? O ¿Quién es ignorante lo es porque es pobre? La primera pregunta es la favorita de las clases altas, pues legitiman su riqueza en una suerte de selección natural y meritócrata, la segunda pregunta causa malestar entre estas mismas clases, pues habla de una cuestión cultural y de sistema, es decir, de una cuestión artificial que se mantiene por privilegio y que no se puede explicar por cuestiones naturales, la misma pregunta se puede hacer a las clases privilegiadas ¿Quién es rico lo es por su conocimiento? O ¿Quién tiene conocimiento lo tiene porque es rico? Cabe aclarar que me refiero a un conocimiento complejo que es más sencillo de adquirir si se estudian todos los niveles escolares y se tienen experiencias ajenas al trabajo, es decir, experiencias de ocio. La respuesta a ambas preguntas queda a discreción del lector.

La desigualdad no se le debe tomar como algo natural, es decir, como algo apriorístico, pues finalmente, la desigualdad no es más que una construcción histórica hecha por seres humanos, o, en otras palabras, la desigualdad no es natural, es cultural y se mantiene por beneficio de grupos minoritarios

Esta pandemia ha visibilizado problemas gigantescos producto de la brecha de desigualdad, una brecha que inicia siendo económica, pero que, con el paso del tiempo, amplifica las diferencias tan radicales en términos de cultura y de sociedad, esta pandemia ha visibilizado a través de los ejecutores del discurso, al desposeído, sin embargo, no lo ha visibilizado para comenzar a cerrar esa brecha de desigualdad entre ricos y pobres, sino que lo ha visibilizado, es decir, lo ha dotado de una existencia, para el consumo del rico y en este sentido, podemos decir, con toda seguridad, que esta existencia es una existencia prefabricada por el mismo discurso y no una existencia real, lo ha dotado de una existencia al hacerlo culpable de la pandemia, pues si las clases bajas no se quedan en casa, la enfermedad continúa propagándose, es más sencillo culpar al que siempre ha sido culpado de la tragedia contemporánea, que voltear a ver los fracasos institucionales que se arrastran desde décadas atrás y que las mismas clases altas han promovido o han aprovechado para su beneficio, pero esas cosas mejor callarlas.

De igual forma se les interpela constantemente “Quédate en casa, pues de lo contrario moriremos todos”, es decir, se les dota de existencia momentánea para el proyecto nacional de supervivencia (primera vez que se les incorpora a un proyecto nacional, pues al final la pandemia no sabe de seguros médicos privados o públicos), se les integra al proyecto pues esta pandemia es una cuestión que no se puede contener en una sola clase y se le increpa y demanda a estas clases bajas que se queden en casa para detener la propagación de la enfermedad, sin embargo, este “Quédate en casa, pues de lo contrario moriremos todos” dista demasiado de ser un imperativo de conciencia humana y social, dista demasiado de ser una genuina preocupación por la vida de todos, este mandato decretado desde el gobierno y replicado en su generalidad por las clases altas es oscuro, ya que dentro de sí mismo trae el principio fundacional del sistema de desigualdad y es solo una forma políticamente correcta de decir “Quédate en casa de lo contrario yo muero” “Yo, el biológica e intelectualmente superior, muero”, se pretende que el otro, se vuelva a sacrificar por nuestra supervivencia, es un mandato cargado de egoísmo y la clase alta o privilegiada, voltea a ver por encima del hombro a las clases desposeídas que no acatan el mandato de supervivencia egoísta, se voltea a ver con malos ojos a esos que no se están sacrificando por la supervivencia de la clase alta, que no entienden de pandemias, ni de crisis humanas, ni de crisis de sistema, ni de crisis sociales, porque ellos siempre han vivido en crisis. Para las clases altas o personas con delirios de clase alta, es más sencillo criticar y juzgar a esos seres recién visibilizados, que tratar de entenderlos, que tratar de entender que ellos no entienden porque jamás se ha hecho un esfuerzo sistémico por hacerlos entender, claro, en un sistema capitalista hacerlos entender es una invitación a que derroquen el sistema, mejor mantenerlos en la ignorancia, antes de que tiren mi privilegio. La última vez que hubo un megaproyecto de educación pública fue con Lázaro Cárdenas.

Ha quedado claro que en México a pesar de hablar español, no nos entendemos, hablamos diferentes idiomas y, contrario a lo que se creería, esta pandemia no trae consigo un mayor sentimiento de colectividad, al contrario, segrega, la cultura popular es la culpable, la cultura popular es bruta, no entiende, por supuesto, si la “alta cultura” nunca hizo nada por tratar de entender y comprender a las culturas populares, lo que sucede hoy no es más que el efecto de este proyecto de separación social y que es una falta de comunicación y de entendimiento total entre mexicanos divididos, primeramente por una amplia brecha económica que divide en términos adquisitivos y en segundo lugar por una brecha cultural extensiva.

¿Quién ha mantenido a esas clases en la base piramidal social? Cualquier meritócrata afirmará convencido que ellos mismos son quienes se han mantenido ahí por mediocridad, pero lo real es que si el meritócrata puede hablar desde ese posicionamiento cuasi-divino en los estratos altos de la pirámide, es porque debajo de él hay amplias masas que lo sostienen. Ningún capitalista defenderá una igualdad social, además de ser un término incompatible, sabe que el sistema solo se puede mantener en tanto exista una desigualdad económica y social, una desigualdad que termina por traducirse en una brecha cultural, una brecha cultural que se termina por traducir en formas de entender diferentes, una brecha de entendimiento que termina por desgastar a la comunicación misma, pues entre unos y otros, difícilmente ya queden conceptos comunes, se ha trabajado durante años por expandir la distancia entre ambos, y hoy que el proyecto nacional de salud y prevención necesita de todos, el rico se enoja porque el pobre no lo escucha y el pobre ni siquiera escucha que el rico se enoja.

Apelamos al desposeído para que rescate a una clase privilegiada que ha mantenido las estructuras que posibilitan y reproducen la pobreza, ante una falta de acato por parte del desposeído de las órdenes del privilegiado, este lo acusa de ignorante, hace memes de su falta de entendimiento y ridiculiza a su propia creación por no quererse sacrificar por su padre. La actual pandemia lejos de crear comunidad, no ha hecho más que segregar, afirmar y profundizar las diferencias sociales.

¿Realmente podemos pedirles a los desposeídos que nos salven cuando nosotros jamás hemos hecho lo mismo por ellos?

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