Sociedad y Política

La institucionalización de la pandemia

Daniel Arias

La pandemia está institucionalizada, y si partimos del hecho de que los sistemas Estado-nación nacieron de un “contrato social” tácito entre sociedad y gobierno, como diría Hobbes o Rousseau, y que el sistema internacional actual, que en diversas ocasiones se le quiere categorizar en términos cosmopolitas como “comunidad internacional”, nace de un “contrato social” a nivel humanidad (o eso es lo que propone Kant); es decir, extrapola el contrato social rousseauniano a una cuestión internacional. En este sentido, los gobiernos del mundo están institucionalizando la pandemia al pretender mantener un control monopólico y hegemónico de esta misma, un control que se edifica sobre el discurso. Quién tiene el control del discurso, tiene el control de la realidad. En este sentido, los medios de comunicación del mundo son acaparados por el continuo flujo de información que emana principalmente de una línea oficial, una línea que en general se inserta dentro del discurso gubernamental y, a excepción de algunos Estados, dentro de la línea que instaura la propia Organización Mundial de la Salud.

Este discurso ha tenido la característica de seguir líneas de acción específicas y similares alrededor del globo, materializándose en políticas y decretos que hacen del estado de excepción, una nueva normalidad. El cierre de fronteras, la limitación de las reuniones sociales, el distanciamiento humano, la virtualización de las relaciones sociales, el despliegue y movilización de enormes cantidades de recursos y el continuo estado de emergencia sanitaria, es decir, la securitización de la actual pandemia a nivel mundial. Siguen una línea de acción hegemónica que, en términos reales, atiende a sectores y realidades poblacionales específicas, ignorando el acontecer de otras realidades que se ven obligadas a tener que coexistir con los sectores a los que va dirigida la acción política. De esta forma, en diversos países, la suspensión de toda actividad social y económica que involucre presencia en el espacio público lleva consigo una condena a muerte implícita.

Actualmente presenciamos una época en la que la suspensión de lo público es vigente, no me refiero únicamente a una cuestión de actividad política, sino también a la suspensión de las relaciones sociales, que por ende, repercute directamente en las actividades políticas, en cierto sentido, hemos pasado de ser ciudadanos posibilitados de la manifestación y acción política, a ciudadanos pasivos, retomando la idea que Giorgio Agamben, el estado de excepción se está convirtiendo en norma, para fines del presente texto, de igual forma traeré eso que Byung-Chul Han nos dice con respecto a la crisis y en lo que me gustaría profundizar y es que el virus no crea ninguna forma de colectividad, al contrario, cuando el imperativo es aislarse, en tal caso nos termina por individualizar, en este sentido, el virus no será motivo de una revolución.

El espacio digital hoy, pasa a ser el nuevo espacio público, ya lo era, pero ante esta pandemia se hace el único posibilitador de concatenación social, sin embargo, este prototipo de espacio público y político, más que un lugar que se hace posibilitador de crítica, información, criterio y vinculación social, termina siendo un espacio en el que se visibiliza la individualidad de forma masiva en el que cada quién tiene un punto de vista, la web y redes sociales, son un monstruo que se alimenta de información instantánea, pero que tan pronto la consume, la convierte en deshecho desactualizado y superfluo, de esta forma la opinión individual pasa a ser poco más que desperdicio, las redes son un maremoto de gritos que tratan de expresarse al mismo tiempo, sin llegar a una organización colectiva, el descontento del momento, en un parpadeo se pierde y se intercambia por otro, de cierta forma, somos una sociedad reaccionaria y hemos sido mutilados de nuestra capacidad de acción política.

Actualmente presenciamos una época en la que la suspensión de lo público es vigente, no me refiero únicamente a una cuestión de actividad política, sino también a la suspensión de las relaciones sociales, que por ende, repercute directamente en las actividades políticas

Las redes sociales son un nuevo aparato ideológico, pues a pesar de la supuesta libertad y autonomía que estas gozan con respecto a los gobiernos, lo cierto es que de poco sirve este categórico si el discurso hegemónico continúa siendo el que se distribuye por esas mismas, finalmente, las redes sociales dependen, en gran medida, de los patrocinios que reciben por parte de marcas importantes que pagan por posicionarse en ellas, de políticos y partidos que hacen uso de estas mismas para hacer campaña electoral y política, de los medios de comunicación que no dejan de recibir línea oficialista, continuamos siendo sujetos ideologizados y esto queda en claro con la actual pandemia, basta con abrir las redes sociales para percatarse de que la enfermedad y el estado de emergencia es el tema que se posiciona en los encabezados de todo medio de comunicación, de que las propias redes sociales han pasado a ser recordatorios constantes de esto mismo, lo que es más, el usuario pasa a ser el reproductor de esta información, pasa a ser comentarista de esta misma. Las redes sociales son un aparato ideológico, pues han decidido imponer cierta información por sobre otra, al punto de lograr que sea el tema que monopoliza el supuesto criterio personal y libre del sujeto. Somos sujetos, consumidores, votantes, ciudadanos y usuarios pasivos, receptores de cualquier información que se nos impone entre un catálogo de informaciones idénticas con titulares diferenciados, gozamos del delirio de libertad y nuestra acción política se limita a un clic.

Diversas voces se han levantado en todas las clases y círculos sociales, algunas de ellas perciben la actual pandemia como el preludio del debacle del sistema, otras más, perciben esta pandemia como una nueva etapa del capitalismo que de ninguna forma significará su fin, una nueva etapa que sin lugar a dudas reformará diversas cuestiones del sistema mismo, pero estas reformas se llevarán a cabo dentro de lo límites del sistema, es decir, lo social correrá una suerte reformista y no revolucionaria, dentro de estas voces y corriente es que yo me posiciono y a continuación aunaré en más criterios para creerlo así.

La pandemia se ha institucionalizado, se ha concentrado el discurso en ciertas clases dirigentes, se tiene un control centralizado de la información que fluye y que se posiciona como oficial, esta institucionalización no es gratuita cuando la pandemia misma tiene que pasar por el control institucional, prueba de la burocracia profesionalizada que existe en el sistema, la información actualizada pasa por controles internacionales como la OMS, por controles regionales, gubernamentales, por controles universitarios, por controles mediáticos.

La profesionalización de la información y posterior institucionalización de esta, es benéfica en el sentido en que, en su generalidad, asegura un flujo constante de datos verificados y científicos, previniendo una explosión de notas o datos sin sustento teórico ni científico que puedan llegar a ocasionar efectos de pánico social, en este sentido, la comunidad científica está siendo un círculo que comienza a detentar el régimen de la verdad y que, en términos prácticos, ejerce un poder del que antes carecían en las relaciones sociales, a pesar de que la comunidad científica es una de las comunidades más respetables a nivel mundial, dada su naturaleza vocacional desinteresada, esta no deja de ser un instrumento del poder, particularmente de la política y es cuando la ciencia se politiza, que esta deja de ser neutral para volcarse hacía algún interés de particulares, esto, la mayor parte de las ocasiones, sucede sin el conocimiento ni consentimiento de los propios científicos, es por ello que este poder que la comunidad científica ha ejercido durante las últimas semanas, pasa a ser un atractivo caldo de cultivo de políticos cargados de intereses que capitalizarán este poder, pues los médicos y científicos no han estudiado para entender y ejercer el poder, los políticos sí.

Esto ha sucedido desde antes de la pandemia, finalmente, un médico o científico no deja de trabajar para algún corporativo, hospital, gobierno, farmacéutica, etcétera, organismos sin rostro que persiguen intereses más allá del bienestar humano y cuyo interés primero es un prestigio político o monetario, nuevamente es en estas dinámicas que el categórico “sujeto” vuelve a anteceder a cualquier título y cédula profesional, pues por más vocación que se tenga al ejercer tan admirables profesiones, estos no dejan de ser dependientes de las instituciones mismas.

Esta pandemia se ha institucionalizado, se ha decretado, se ha organizado, politizado, mediatizado y ejecutado desde estas mismas instituciones, el mundo, a través de los gobiernos, ha dado prueba de la ingeniería social de la que se goza, pues, aunque deficientes al momento de enfrentar la crisis, el solo hecho de poder decretar y hacer obedecer toques de queda, cierre de fronteras, neutralización de lo público (que más bien se percibe como eliminación), dan evidencia del poder discursivo, ideológico y represor del que los Estados-nación aún gozan, muy a pesar de las políticas neoliberales que se han implementado a lo largo de las últimas dos décadas.

Esta institucionalización de la pandemia da líneas de acción social que se decretan desde el sistema internacional y desde los gobiernos de los países, hemos sido sujetos, sujetos a estos corporativos y a sus instrucciones y ordenes, hemos tan solo obedecido y nos hemos recluido en casa para pasar a ser únicamente receptores pasivos de la información oficial que , por supuesto, ya se a politizado y ha dejado de ser una labor altruista científica, de igual forma, las instituciones, a través de sus aparatos y herramientas, han comenzado a trazar el futuro de la humanidad, han decretado el incremento de la pobreza mundial, han decretado que el distanciamiento humano será una nueva normalidad, han decretado la permanencia de los cubrebocas en el acontecer humano del futuro, borrando así, poco a poco, la expresividad humana, comenzando con la boca que es el instrumento de la voz, es decir, de la presencia política, han decretado una crisis económica y una lenta reactivación de esta misma y, podemos seguir esperándolo, continuarán decretando muchas otras cuestiones como el camino que el sistema tomará a partir de ahora, un sistema que debe reformarse, pero una reforma que se dará desde las instituciones en las que, la masa social, tiene poca injerencia a excepción de cuando se manifiesta de forma organizada como masa crítica, sin embargo, si el decreto es el distanciamiento social y la exclusión de la vida pública, el sujeto cae de inmediato en la ilegalidad al organizarse políticamente para tomar los espacios públicos que se hacen escenarios de acción política.

Es por ello, que si el cotidiano pandémico ha sido trazado por las instituciones y el devenir pandémico también, la probabilidad de una revolución social es baja, pues, hasta este momento y desde antes de esta pandemia, hemos sido sujetos pasivos, con el potencial y posibilidad política, pero pasivos, sujetos reaccionarios que, en este sistema hipercapitalista, acontecemos en la inmediatez, una en lo que sucede hoy, debió haber sucedido ayer y lo que sucederá mañana, están desde antes de arribar el futuro, descontinuado. Las instituciones han dictado el comportamiento, las pláticas, los debates y el pensamiento de la sociedad y, cualquier cuestión que llegue por vías institucionales, no puede ser llamada revolucionaria, a lo mucho reformista.

Si al finalizar esta pandemia biológica, seguimos sometidos a la pandemización de la vida cotidiana y a la pandemia política, continuaremos siendo sujetos pasivos, sujetos políticos ideales para la política, es decir, despolitizados y receptores de mandatos. Si el futuro se delinea por medios institucionales, como hasta ahora ha sucedido, el futuro continuará siendo de individuos, de sujetos pasivos.

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