Cultura y Arte

Terapia llevada a cuadro

Crítica de Honey Boy por Ricardo Alcántara

Días atrás uno de mis mejores amigos insistió en que fuéramos a ver una película que yo aún no había oído nombrar: Honey boy. La última vez que sucedió eso me llevó a ver Dunkerque, por lo que decidí dar mi brazo a torcer. Esta linda pieza del séptimo arte es un bio pic del actor estadounidense Shia Lebouf (a quien tal vez recuerdes de producciones como Transformers o Fury), escrito por él mismo -a manera de terapia- tras una serie de problemas por agresiones y uso de sustancias. Dirigida por Alma Har´el (Bombay Beach), tuvo su premier el año pasado en el Festival de Cine de Sundance y ha sido recientemente distribuida en México. En ella se narra la niñez del histrión, que aparece con el nombre de Ottis y es interpretado por Noah Jupe (Ford vs. Ferrari) y su complicada relación con su padre, quien es interpretado magistralmente por el mismo Lebouf, en la que me atrevería a llamar la actuación de su vida.

Cruzando trabajosamente por la pubertad, Ottis es uno de los actores infantiles de una serie televisiva mientras es entrenado, representado y explotado por su padre, James, un artista escénico alcohólico, decadente y excéntrico. Sin embargo, la tesis nunca es encerrar a estos personajes en el arquetipo de víctima y abusador, sino que el contacto entre ellos está rebasado de matices que pasan por un sincero amor entre padre e hijo, por lo que Jim juguetea con convertirse en una fuerza antagónica, pero lo más interesante es que nunca llega a ese punto realmente.

La complicidad entre ellos es total; se ayudan, se acompañan y se preocupan el uno por el otro, no obstante en cuanto las circunstancias se modifican ligeramente, la violencia estalla. Esto hace que la pareja esté llena de contradicciones, lo que es muy lógico en un chico de doce años, pero nada responsable en un hombre de mediana edad que además tiene que hacerse cargo de un vástago.  El tutor insiste reiterativamente que lo ama y que está orgulloso de él, le enseña cosas y lo alienta dentro de la actuación, pero en cuanto su hijo muestra deseos de comunicarse con una figura paterna para hablar de sus sentimientos, se va por la tangente. Empero, todo esto sucede dentro de condiciones no poco particulares, como en la escena en que se burla de Ottis por el tamaño de su pene, de forma espontánea y sumamente infantil.

La tesis nunca es encerrar a estos personajes en el arquetipo de víctima y abusador, sino que el contacto entre ellos está rebasado de matices que pasan por un sincero amor entre padre e hijo

El primer fotograma que vi atrapó poderosamente mi atención; con un close up de frente de Ottis en el que vemos como le dan un pastelazo en slow motion, y en retrospectiva, es una excelente elección para la obertura, tomando en cuenta que esta imagen logra metaforizar en un par de segundos la esencia de la historia. De ahí en adelante la fotografía continuó pisando fuerte, con una paleta de colores suavemente neón, encuadres mayoritariamente cerrados y con un constante manejo de contrastes, generando así una estética similar a la del realismo sucio  norteamericano, presente en autores como Jon Fante o Charles Bukowsky, que a pesar de ello puede volverse híper realista por instantes, para darle una atmósfera onírica a las secuencias más bizarras.

Desafortunadamente, el guion utiliza una estructura de narrativas paralelas (mostrando por momentos a un Ottis de veintidós años llevando a cabo una profunda reflexión sobre su pasado, e intercalándolo con escenas de analepsis en que lo vemos a los doce viviendo con su padre) y esto me pareció innecesario. Si bien hay un par de sucesos  en la rehabilitación del protagonista que son esenciales para que el público cuente con información suficiente y pueda dimensionar las consecuencias del tipo de crianza que llevó el protagonista, la mayoría de éstas interrumpen el buen ritmo de las anteriores. Esto generó que el texto se diluyera demasiado y fuera más lento de lo necesario. Su redacción entra en ciertos detalles, que pueden ser importantes de manera personal, pero que intradiegéticamente no aporta demasiado a la construcción del arco dramático.

Desafortunadamente, el guion utiliza una estructura de narrativas paralelas y esto me pareció innecesario.

Aunque hay que aclarar que el verdadero valor de producción de esta cinta es, por mucho la actuación. El también autor destaca desde los resultados de la caracterización, pues a pesar de que Jim tiene ciertas similitudes emocionales con otros personajes interpretados anteriormente por Lebouf (como Jake en American Honey), su complexión y su rostro lucen totalmente distintas. Y más allá de eso, su trabajo gestual y su ritmo son impecables, adoptando un comportamiento sumamente extraño con la mayor naturalidad y dándole al personaje una plasticidad que ondula salvajemente entre la técnica clown y una contención que raya en el naturalismo. Plagado de contradicciones y auténticamente atormentado, el personaje de Jim no sólo es difícil de interpretar sino también difícil de comprender, principalmente si nos cuestionamos por qué un hijoeputa como  él puede llegar a ser tan simpático y es esa reflexión lo que encierra el intríngulis de su tragicomedia.

En conclusión, los temas reales y aparentes, son una cosa ya muy vista. No encontré nada en la película que resultara verdaderamente innovador a nivel texto y es una verdadera lástima considerando el potencial actoral coff coff Joker… Perdonen, les juro que no tengo coronavirus. Pero me atrevo a hacer eso a un lado y levantarle el pulgar a este producto del celuloide, ya que encuentro un auténtico valor en Shia para compartir su vida privada y tratar de sanarse a través de ello, lo que siempre debería ser el catalizador de cualquier filosofía del arte. Te la recomiendo si te han gustado entregas como American HoneyInherent Vice, o Moonligth; es un cine muy poético y reflexivo, que propone actuaciones honestas y vulnerables, pero que viene con la advertencia  de que pertenecen a una tendencia de ritmo muy suave que se puede volver un poco cansado si no estás acostumbrado al estilo.  Sin embargo, yo recomiendo hacer un esfuerzo y salir de nuestra zona de confort a la hora de ver la cartelera; Honey boy es muy distinta a lo que vemos normalmente en el cine comercial, así que dale chance, vale la pena.

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