Sociedad y Política

Privilegios en la pandemia

Elsa Maile Landa

Estoy sentada en mi casa con una taza de café y mi laptop. Reviso desde temprano mis redes sociales y me detengo por un largo rato leyendo hilos en Twitter. Leo sobre lo que pasa en la conferencia de prensa del presidente, porque después de un año o más de escucharlo todos los días he llegado a un punto en el que prefiero no saber qué es lo que dice.  Leo noticias sobre otros países y me sorprenden casos como los de Italia y España. Encuentro gente publicando sobre sus familiares con sospechas de estar enfermos y la falta de pruebas; hay gente preguntando números reales y sospechando que esos números que nos dicen en la tele cada mañana son falsos; hay debates sobre si es pertinente o no cerrar los países y afectar la economía. Hay gente “reconociendo” privilegios que olvidarán que tienen en un mes y personas que siguen sin caer en cuenta que no para todos es posible ahorrar y dejar de trabajar.

Ante esta situación hay quienes piensan que el encierro voluntario es absolutamente necesario y que las complicaciones que enfrentan no van más allá de aburrirte en tu casa porque ya terminaste todas las series de Netflix o los juegos de la consola ya les aburrieron. Estas personas que los primeros días de la crisis salieron corriendo al súper a comprar carritos llenos de víveres y comida; esos que compraron en la farmacia frascos y frascos de gel antibacterial y cubrebocas. Son las personas que tienen el beneficio de un trabajo que les va a pagar por hacer home office, o que son dueñas de una empresa que puede seguir funcionando a pesar de la crisis.

Hay gente “reconociendo” privilegios que olvidarán que tienen en un mes y personas que siguen sin caer en cuenta que no para todos es posible ahorrar y dejar de trabajar

Pero también existe este otro sector de la población: el que se enteró de la pandemia pero no pudo salir a hacer compras de pánico porque vive al día, los dueños de pequeños negocios, las personas que se dedican al comercio ambulante, los empleados de maquilas y fábricas que apenas ganan lo mínimo y no se pueden dar el gusto de pedir que les sigan pagando sin ir a trabajar. Estas personas a las que un día sus jefes, el gobierno y las asociaciones de comerciantes les dijeron un día que tenían que llegar al trabajo forzosamente con cubrebocas, que necesitan poner gel antibacterial en la entrada de su tienda; y cuando fueron a la farmacia se encontraron con insumos agotados, agotados por esas personas que de todas formas están encerradas en sus casas, criticando desde sus redes sociales la irresponsabilidad de la gente que está saliendo a las calles. Personas hablando desde sus sillones acerca de “la irresponsabilidad de aquellos que siguen saliendo a trabajar todos los días sabiendo el riesgo de contagio que enfrentan”, pero con la esperanza de ganar lo necesario para seguir manteniendo a sus familias, ellos que se levantan para abrir sus negocios y se encuentran con calles vacías, con poca venta, con la indicación de cerrar por completo en unos días y el temor de no tener dinero para comprar comida para los próximos días, para pagar las deudas, para la nómina de sus empleados.

Y entonces, el dilema está claro: ¿Qué vale más en un país como México? ¿Nos quedamos en casa quienes podamos, confiando que la economía va a resurgir? ¿Creamos programas para los adultos mayores? ¿Y los desempleados? ¿Y los pequeños empresarios? ¿Los comerciantes?

¿Decimos que todos los días muere gente y que es más importante mantener a flote el país que controlar la pandemia? Como dijo Trump: ¿Hacemos estrategias comunitarias para comprarle a los negocios locales?

Yo estoy en mi casa, con mi cafetera, mi laptop y mi televisión por cable, teniendo reuniones por videoconferencia; pero mis papás están afuera, atendiendo enfermos en sus consultorios y hospitales, mi familia está en las calles lavando la entrada de sus negocios y trabajando todos los días porque ellos no se pueden quedar en casa.

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