Cultura y Arte

Me rebelo, luego existo. Y estamos solos

Jalil Rasgado

Un grito ahogado, la música estridente retumba las paredes con olor a blancura. El ruido atraviesa los poros de las barreras delimitantes de una casa que se alza sobre aquella loma poblada de tan portentosas construcciones. Los vidrios rápidamente sucumben ante los movimientos de aquella niña que en ese momento cree que no hay terreno que la limite de sentirse en casa, a pesar de ser solo una exclava moderna dentro de ella. Una persona que tiene que obedecer al mandato de cuidar la casa mientras la familia adinerada no se encuentra. La familia loable. La familia que le impone. Y por ello grita, salta, canta. Por ello se rebela. A su estilo. De la forma que puede. La niña retumba las paredes con la misma sonoridad con la que habla el zapoteco. La casa se percata del enojo dentro de ella. La niña no se percata que le habían prohibido la revuelta. La familia no se dio cuenta que por un segundo, la niña que cantaba dentro de su casa se había tropezado con el cadaver del código moral absoluto, aquél que Nietzsche anunció. Sofocaron el grito y aplacaron su rebeldía. El sistema continuó.

Si no nos rebelamos ¿qué queda? Una vida fingida. Una aparente estabilidad. Un grito ahogado que se queda en la garganta y un enojo inexpugnable. Es precisamente los pensamientos que rondaron en mí hace tiempo, cuando la coincidencia me llevó a la visualización de una película llamada “El ombligo de Guieedani” mientras los sucesos personales llegaban a una de las muchas cúspides reversas. Una película mexicana que aborda la historia de unas desconocidas, provenientes de un pueblo desconocido al llegar a la ciudad más conocida del país, todo para ser parte de uno de los trabajos más ignorados: ser parásitos de unos parásitos.

Como antítesis de Roma, dicha película inevitablemente me hizo pensar en ese canto que encierra un grito. Inevitablemente pensé sobre cómo se sentirá derrumbar con una canción propia, el encierro de un mundo sin explicación. Inevitablemente, al leer sobre la rebeldía pensé en aquella niña, la pequeña paisana que en la ficción ejemplifica el rechazo en un estrato social diferente, el olor en la lengua. Pensar en la desobediencia, en no aceptar los principios con los que se vive. Estar en rebeldía en contra de la dominación. Inevitablemente, al ver las multitudes de protestas con cientos de palabras de desahogo pensé en las razones de la vida, las formas de vivir que propician las rebeliones.

Al leer que la insurrección humana no es y no puede ser más que una larga protesta contra la muerte pensé en el carácter absurdo de una muerte en la rebelión, una protesta para reivindicar la muerte justa, morir por un bien que te sobrepasa. Pero la rebeldía es más que una interrupción momentánea y tumultuosa del orden de dominación. Rebelarse es comprender, es aceptar. Una protesta es disonancia, opacidad y solución de continuidad. La rebeldía es una constitución longitudinal frente a la sensación de abandono, frente a la angustia. Es el motor de creación del crítico, humanista y emancipador.

Estar en rebeldía en contra de la dominación. Inevitablemente, al ver las multitudes de protestas con cientos de palabras de desahogo pensé en las razones de la vida, las formas de vivir que propician las rebeliones

Albert Camus nos advierte de distintas rebeliones. La rebeldía del esclavo, condenado a la aniquilación de sí mismo y su paradoja de convertirse aún peor que su amo. Y la rebeldía metafísica, la que busca la reinvindicación del sufrimiento. Esta última es distinta en localización. Mientras que la rebeldía occidental es la basada en la consciencia de sus derechos y su existencia. La de Oriente es la de la renuncia y la sencillez, la de la búsqueda de encontrar un “cielo” en la vida.

La característica principal del rebelde es negarse a ser tratado como objeto. “Me rebelo, luego existo”. Camus nos dice textualmente “No es el sufrimiento del niño lo escandaloso en sí mismo, sino el que este sufrimiento no esté justificado. Lo que falta al dolor del mundo es un principio de explicación”. Todo ello bajo los supuestos, de igualdad natural y prohibición del daño a sus congéneres. Rebelarse es reivindicar el sentido de la propia vida, combatir por la unidad. “El rebelde no pide la vida, sino las razones de la vida”.

Las luchas de igualdad, las que buscan la reinvindicación social lo hacen para liberarse de la sumisión, de la aceptación de los abusos. Aquellas que luchan, no solo lo hacen por su opresión, sino también por el espectáculo de la opresión en otros. Las revueltas como las ocurridas recientemente, no son más que miles de gritos que piden a un sistema obsoleto no verlos como objetos, que dicen “no”. Individuos que saben que en su soledad están en el colectivo y que afirman “me rebelo, luego somos”. Constantemente podemos estar en rebeldía.

Sin embargo, la más grande de las rebeliones es hacia la muerte, nos repite constantemente Camus. El sentido es absurdo, la protesta contra la muerte es la vida. La alternativa a la angustia es la rebeldía. La rebelión personal ante el absurdo de la existencia. Si venimos sin un sentido de existencia, si caemos bajo la opresión, injusticia, sufrimiento y oscurantismo. Si lo único que queda es el suicidio ¿Por qué no rebelarnos?

Las luchas de igualdad, las que buscan la reinvindicación social lo hacen para liberarse de la sumisión, de la aceptación de los abusos. Aquellas que luchan, no solo lo hacen por su opresión, sino también por el espectáculo de la opresión en otros

El placer en el absurdo es la creación. Es bailar al darte cuenta que eres libre. Es cantar en tu lengua madre, a pesar de la imposición de tus amos. Es proteger tu tierra y a tus antepasados. Es liberar a personas desconocidas de un sufrimiento innecesario. Es retratar este sufrimiento. Es el arte. Es luchar por la estabilidad socioeconómica. Es saber que por tus gritos hay una mujer menos que fue asesinada. Es salvar a un individuo de una vida opresiva en lugar condenar a otra a este sufrimiento. Es vestirte para expresarte y no para repetir. Es construir tu esencia, después de todo, muerto Dios, quedan los individuos.

¿Sirve rebelarme? Me pregunto constantemente. No encontrar respuesta es mi única certeza. Camus solo me invita a rebelarme ante todo. Nunca entenderé por completo su obra. Tal vez Bukowsky tenía razón y su obra es para gente blanca aburguesada. Un producto de la visión de la academia. Tal vez sus ideas son solo palabras bonitas de reconocimiento auto-personal o tranquilidad de ánimo. Pero en el caso presente de estas ideas, decirnos que la sumisión social nos muestra la debilidad individual encaja con las revueltas y el por qué existen los gritos por justicia. La rebelión es pasión. Si rebelarme permite    la visualización de un problema y un cambio social y/o político coercionado por agrupaciones de gritos, tal vez sirva rebelarse.

¿Qué me puede guiar a rebelarme? ¿Por inconformidad y enojo? No son más que pretextos al que estamos condenados. La principal razón debería ser la pasión y la creación. Solo un espíritu rebelde podría realizarlo. Tal vez guieedani lo haya hecho así, los miles de activistas asesinados, las miles de mujeres desaparecidas, los indígenas silenciados, las personas que se han levantado en contra de su amo, las que gritan al unísono. Tal vez todos ellos lo han hecho y siguen haciendo así. Mientras nosotros tras una pantalla nos escondemos, tras unas cuantas palabras nos quejamos. Tal vez nosotros nos acostumbramos a ser objetos. Quizás debemos dejar de perseguir una revolución. Quizá lo que necesitamos sí sean más revueltas y menos paz.

Después de todo, Camus está en lo cierto en algo: “Vivir sin rebelarse es lo mismo que tratar de dormir sin acostarse.”

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