Expresiones

Las alegrías el hogar

José Alejandro Reyes

I. Cómo ser jota y no caer en la heteronorma

Mis amigas y yo tenemos esta broma que consiste en advertir, por comentarios o actitudes involuntarias de alguna, que la pobre es cada vez más señora. Y aunque nadie en realidad es técnicamente una señora, sí comparamos la señorez de las presentes e incluso llevamos un “ranking” en el que una asciende de puesto bajo el consenso de la mayoría. Esta última vez que nos vimos, por ejemplo, me las chingué a todas. Pero antes de compartirles mi versión, igual y convenga definir antes lo que significa para nosotros ser una señora.

Para ser una señora no necesitamos ni la edad ni al marido. De hecho, yo soy el único del grupito con mayate de planta (dos años ya, por si les quedaba el pendiente). Ser señora va más allá, es encontrar la felicidad encerrada en una copa de vino tinto por las tardes, o por las visitas obligadas al Bed, Bath & Beyond. Es hallar plenitud realizando correctamente pequeñas labores domésticas, el estado zen del que aspira a convertirse, un día, en una perfecta ama de casa. Dicen las malas lenguas que habemos diferentes tipos de señoras, desde la achacosa y chochera hasta la abnegada y la pronta. Para mí, todas son versiones de una misma señora mariana, que es única, universal identidad.

Esta última vez que nos vimos, por ejemplo, me las chingué a todas

Ahora bien, podría pasarme la tarde epistemologando, pero aún me queda por planear el menú de la cena de hoy, así que pasaré a relatar la epifanía que me convirtió por default en la más señora de todas. Contexto: después de dos años y cachito de relación, mi boo por fin se animó a compartir un nidito de amor, la semana pasada. Ya sé, no les importa, pero es que hasta entonces cada quien había tenido sus respectivos flatmates. Como quien dice, a esto del concubinato apenas le estamos agarrando la onda. Ahora sí. Estaba yo, casual, fodonga, de nini, preparando un té de sobrecito (¿ubican, uno de manzana que viene en polvo?), por empezar a leer una novela de Enrique Serna, cuando me cayó el veinte: esa mañana me había convertido en una madre. Mi suegra, para variar. No solo me había levantado antes de las seis de la mañana para prender el boiler y prepararle el desayuno, ¡también le había dado ride a su chamba! ¿Qué pedo?

Deja tú el mame de atender al marido nomás porque él también te da, ¿no?, habían pasado ya dos días así y yo todavía de mensa lo dejaba hacer. ¿Dónde quedó el empowerment? En ese momento de crisis, hice lo que cualquier jota con dos dedos de frente haría: cité a mi bestie al café. Necesitaba una intervención. Me encanta mi love porque es bien feminista, anarca, pro-aborto, chingona, pero también a veces le sale lo auténtica doña del sureste. Luego de sincerarme y recibir la retroalimentación anti-heteronorma que necesitaba, dio su veredicto: había escalado de posición, ahora soy más señora que antes.

Y a todo esto, ¿para qué les cuento mi historia?, dirán algunos. Pues amigas, mujer precavida vale por dos. Tomen los consejos de esta jota y si quiera dense cuenta que no es su deber estar atendiendo al marido. A ver, que unas veces sí, vale. Si lo hacen conscientemente está bien. Quizás ya no me levanto en las mañanas a prepararle el desayuno, pero sí quizás le preparo una cenita, una escapadita el fin de, tenemos nuestras dates, y así. Tampoco me los descuiden, que por eso luego se van con la capillita (o el chacal). Lo que de plano no es cualidad de una señora de verdad, es ser pendeja. No repitan patrones, ni asuman roles que no les corresponden. Como dice la filósofa contemporánea Sailorfag: amiga date cuenta.

Y a todo esto, ¿para qué les cuento mi historia?, dirán algunos. Pues amigas, mujer precavida vale por dos. Tomen los consejos de esta jota y si quiera dense cuenta que no es su deber estar atendiendo al marido

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