Cultura y Arte

Somos un mito

Daniel Arias

Indudablemente el ser humano es un ser simbólico y de igual forma es un ser narrativo. Este solo es humano en tanto haya desarrollado la potencialidad de serlo mediante el lenguaje y es que este solo adquiere su significado en tanto comunica a otro, es decir, en tanto existe otro semejante con el cual entablar una comunicación.

Supone la existencia básica de un emisario del mensaje y un remitente de este mismo. La consciencia de que este es un diálogo y no puro instinto, proviene del hecho de que el ser humano es un animal social, para estar en compañía de otros.

Las narrativas que nos cuentan desde pequeños, son narrativas que nos construyen. La finalidad de los cuentos, de los dibujos animados, de algunos juegos y de muchas otras dinámicas y entretenimiento dirigido a infantes, no es otra sino moldear una serie de códigos morales que nos darán sentido y darán sentido a una existencia que, por si sola, carece de sentido. Este sentido a su vez es solo uno de los tantos que se le pueden dar a la existencia, sin embargo, al ser propagados desde la mass media, es el sentido oficialista y hegemónico quienes dominan.

La narración infantil tiene un propósito ambivalente. Por un lado educan para la supervivencia mediante metáforas y fábulas, plantean los riesgos que trae consigo el mundo de lo social. En segunda instancia, educan para la convivencia, o en otras palabras, educan para ser un buen ciudadano y miembro de la esfera social. Esto no solo supone un respeto al prójimo, sino también un respeto, casi fanático, de la autoridad y las consecuencias que trae consigo no hacerlo. Desde pequeños se nos enseña desde el miedo y se nos extirpa el espíritu creativo y de rebeldía al limitar la fantasía y sujetarla a la realidad ideológica.

“Hablo desde occidente y desde el sur, e ignoro el cotidiano de oriente y del norte”

Hablo desde occidente y desde el sur, e ignoro el cotidiano de oriente y del norte, sin embargo, es un hecho que occidente se ha formado desde dos grandes narrativas. En primer lugar, las formas, estructuras e ideas que estructuraron a occidente provienen de la antigua Grecia. Enseguida la iglesia católica, con sus posteriores cismas, moldearon los preceptos generales del buen actuar humano mediante el ejemplo de Jesús y antes, con el ejemplo de otros tantos profetas.

En términos reales, los mitos griegos y los pasajes bíblicos son fábulas en las que cada acción conlleva a una consecuencia y esa consecuencia implica la responsabilización de aquel que la ejecutó. La responsabilidad en su generalidad se reduce a la cuestión dialéctica de castigo-recompensa  sin haber intermedios. De esta forma el pensamiento occidental en su generalidad comprende por medio de opuestos totales, resultando en la difícil comprensión del medio camino, la cosmovisión de la vida sin opuestos totales.

No propongo entender a la mitología Griega y a la Biblia como paralelismos, pues las diferencias entre ambos son evidentes; lo que sí se puede decir es que enseñanzas de ambas narrativas puede bien analizarse desde la cuestión del arrepentimiento y del castigo.

Castigo a las acciones que ponen en riesgo a la moralidad misma y castigo a las que retan a la autoridad. Concibiendo a la autoridad no solo como a las figuras humanas que son reyes o gobernadores, sino a la autoridad entendiéndola de manera extensiva. Pasando por los antes mencionados pero también por Dios o los dioses, que son los artífices de la moralidad y a su vez el objeto de conflicto en la rebeldía y libertad humana.

Babel, el fruto prohibido, o el fuego de Prometeo, son algunos de los pasajes que narran las consecuencias de ejercer la libertad a tal grado que se pretenda asemejar al ser humano con dios. El arrepentimiento y el sufrimiento en vida son valores presentes en el ser humano occidental. Este tiene como finalidad en la tierra no es ser pleno, sino trabajar y actuar de acuerdo a preceptos morales para ganarse el cielo, para rehuir del infierno. Un instante que funciona como purgatorio previo del pecado original que significó retar a Dios.

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