Cultura y Arte

1000 palabras sobre la muerte

Jalil Rasgado

La sombra alargada y pálida que se vislumbra desde aquella puerta pareciese pedir permiso a los invitados que, congregados vienen a llorar al hombre que ella misma les arrebató. Hace una reverencia hacia los presentes, los gritos y lágrimas incesantes mantienen al pueblo en vela, el ritual está preparado, se necesitó todo un día para ello.

Adornos, ropa, comida, gente congregada repitiendo un cántico que hasta el viento corea. La confusa huesuda se interroga sobre lo que siempre se repite cada que llega al pueblo, se pregunta sobre los objetos que rodean el féretro y por qué las personas de aquella casa se visten igual que ella, observa la algarabía de los hombres que, bajo los efectos de litros de mezcal hablan sobre el muerto. Dentro de la casa una mujer la observa y se interroga si la huesuda llega con la misma vestimenta de flores en otras regiones. A 434 km la huesuda viste de blanco y rojo, sin flores.

Observa la palidez de las paredes amarillentas y vuelve a preguntarse sobre el por qué del llanto y el rezo de un hombre hacia una estatua que adorna el hospital, esta vez nadie quiere verla. Desea que lleguen los días en que es una celebridad. La huesuda sabe del odio y miedo que le tienen, y se confunde cuando es bienvenida. Ella sabe que al sentir su aliento gélido la angustia nace, las supersticiones surgen y las penas florecen. La huesuda observa la vida y se pregunta sobre sí misma.

La muerte como representación fenoménica puede describirse en términos neurofisiológicos como el cese irreversible de las funciones del cerebro y tronco encefálico incluido. Sin embargo, la metafísica de ella va más allá de la permanente pérdida de conciencia. La pregunta sobre qué es la muerte es ampliamente discutida, al menos desde una visión antropocéntrica. Una pregunta que nace desde el llanto externo, del viviente, y en estas fechas toma la relevancia que merece. Y, sin embargo, también los recientes acontecimientos nos hacen replantearnos el impacto de ella.

La muerte es individual. El individuo es arrojado a la existencia. Nace y muere. Somos en soledad. Sin embargo, el primer acercamiento a este concepto casi siempre es externo. La muerte de un perro, un familiar, en la televisión, y poco a poco nos aproximamos al concepto, sin ver por nuestra propia muerte. Los nuevos modelos neurocognitivos nos hablan de la discrepancia cerebral respecto al autoconocimiento de nuestra muerte por dos aspectos: la básica necesidad de sobrevivencia y la imposibilidad de visualizarnos a nosotros mismos frente a ella.

Existe evidencia que hace interrogarse sobre si el miedo a plantearnos nuestra propia muerte es un mecanismo para el alertamiento e intersubjetividad experiencial o es una fobia social propia de la cultura. Se ha descrito que al hablar de ella implica un procesamiento multimodal de reclutamiento de áreas cerebrales implicadas también en conceptos subjetivos y sociales como el apego, rechazo, generación y regulación emocional.

Somos seres para la muerte. Todo lo que hacemos se estructura tomándola en cuenta, aunque no seamos conscientes de ella. A partir de la consideración de la muerte, creo, surgen todas las preguntas. Todo lo que hacemos va encaminado hacia ese otro extremo de la vida que constantemente se rechaza.

Pero hablar de la muerte es tabú, al menos en occidente. Nos aterra la nada, el no existir. Tememos la aniquilación de nuestras posibilidades. Y nos inventamos continuidades, una segunda y tercera vida después de ella. Generamos ideas no corpóreas para seguir existiendo: el alma. Y a veces creamos un pueblo fantasma, una creencia de cómo es después de la muerte, podemos hablar con ellos y hasta buscar nuestros rencores para desahogarnos: a veces nacen Comalas.

” La muerte está en las calles, en nuestros pensamientos, en los altares, en las letras y en las decisiones”.

Creamos sentidos cósmicos del azar, algo que pueda disminuir la angustia, porque si no hay una razón, entonces todo para qué. También hacemos lo posible para alargar la vida, los avances en salud parecen solo buscar una continuación indefinida de la vida: el aún no.

Mi abuela describe como nadie el temor a la muerte con una frase que repetía cada que alguien se enfermaba y que recientemente mi madre me lo recordó. Le suplicaba, con o sin sollozos, a Esquipulas (el santo patrón) que recoja la enfermedad, esa chingadera, que lo guarde en una bolsa grande, grande y lo vaya a tirar al monte, que lo esconda en una piedra o en algún lugar de la montaña, allá, lejos, donde no hay gente; donde la muerte se pueda divertir en soledad.

La muerte también es colectiva. Saramago crea una historia solo con el pretexto de hablarnos sobre la convivencia cotidiana que mantenemos con ella. La muerte colectiva implica un proceso ritual, económico y político. Incluso en las semanas pasadas se acaba de tomar una decisión de alta importancia política tomando en consideración a la muerte, ¿Qué muerte vale más? ¿Preferimos una muerte a corto o a largo plazo?

De igual manera, saber qué es la muerte para los otros nos permite entender sus puntos de vista sobre qué es una vida y entablar un diálogo que permita hacer las legislaciones adecuadas para el buen vivir y también para el buen morir.

México es el país que dice adorar la muerte, solo en estos días. Pero es solamente una adoración de la idea que dejaron las personas a las cuales la catrina llevó. Sin embargo, hacemos los rituales que Saramago describe que sostienen la economía. Veneramos a los fieles difuntos, deseamos que estuvieran aquí. Queremos tantas cosas. Pero no pensamos en si nos veremos el próximo año ahí.

Los filósofos nos dicen que lo más que podemos hacer frente a la nada es aceptar la angustia y aferrarse existencialmente al presente, aceptar una existencia auténtica, es decir, no debemos atosigarnos para sofocar la idea de la muerte. Vamos a morir, es lo único que me es propio, solo es aceptar la inminencia y abrirse camino en las posibilidades del ser.

Probar vivir, pero para qué, me diría Cioran, si la vida es podredumbre, si la sociedad en la cual estamos arrojados es un desastre, si la todo es un absurdo. Pero él mismo nos da una respuesta: “soy un simple accidente ¿Por qué tomármelo todo tan en serio?”. La muerte es la nada y la angustia ocurre dentro del ser ¿Tiene algún sentido preocuparnos por nada?

La muerte determina nuestra vida individual y codifica la convivencia en sociedad. La muerte está en las calles, en nuestros pensamientos, en los altares, en las letras y en las decisiones.

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