Sociedad y Política

Contrato de Voluntad

Judith Romero

La libertad y progreso del Estado Mexicano ha caído en un estado de hipocresía y corrupción absolutas. Vivimos un gobierno izquierdista de doble moral (MORENA izquierdista y un MORENA derechista). En un siglo en el que el progreso se considera necesario, natural e incuestionable, pues el hombre civilizado es un fenómeno de la degeneración. Hoy en día la razón humana carece de crítica, no nos cuestionamos y no es de extrañar pues vivimos por la apariencia y el engaño, de la cultura conformista y su protagonista: la política mexicana.

Morena, un partido de lobos con disfraz de ovejas. Políticos de la vieja escuela. Pero esa afirmación podría desaparecer si reflexionan y admiten (como sería justo) que no hay voluntad por el bien común.

La imposibilidad subjetiva de explicar la libertad de la voluntad es idéntica a la de encontrar y hacer concebible un interés que el hombre pueda tomar en las leyes morales, lo que evita que realmente tome un interés en ellas. Quizás esa búsqueda ambiciosa de nuestros intereses nos aleja de nuestro ser racional, y por consiguiente una causalidad de la razón que determine la sensibilidad conforme a nuestros principios.

Hoy en día la razón humana carece de crítica, no nos cuestionamos y no es de extrañar pues vivimos por la apariencia y el engaño, de la cultura conformista y su protagonista: la política mexicana

¿Cuáles son los intereses de nuestros representantes políticos? ¿Cuáles son nuestros intereses como ciudadanos?

Sin contrato de voluntades, prendemos mecha a una bomba de intereses personales, políticos y sociales que se polarizan por sus cargas positivas y negativas. He aquí, una sociedad y un gobierno impasible envuelto de confort por el capitalismo y globalización que limita la evolución racional, alejándonos de un mundo sensible y transcendental.

Resulta necesario para un ser racional tener conciencia de su causalidad por medio de la razón, y, por ello, de una voluntad que se distingue de los apetitos del poder. Si bien es cierto que no concebimos la necesidad de cuestionar nuestro propio ser, mucho menos a nuestros representantes políticos.

¿Acaso estamos llegando al límite de la razón humana?

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