Expresiones

Persiguiendo montañas

Autora: Elsa Maile Landa

Cuando era niña, esconderme en la niebla de la ciudad mientras caminaba era uno de mis juegos favoritos. Me emocionaba salir a la calle cuando la neblina se cerraba más de lo usual, medir cuántos postes hacia el frente podía ver y perseguir la neblina mientras corría hacia el frente, ver cómo el mundo iba apareciendo poco a poco frente a mi. La idea de no ver nada me parecía encantadora; esconderme de las personas que caminaban rodeadas por su propia neblina parecía ser ejemplo perfecto de mi mundo. No necesitaba saber de nadie ni de nada para seguir mi camino.

Con el tiempo, la neblina se fue disipando y después, simplemente yo me alejé de ella; evité los lugares en los que sabía me iba a encontrar con ese paisaje. Me cambié de ciudad, dejé los juegos de escondites para los recuerdos y lo atesoré como tal: como parte de un pasado que no me molestaba, pero tampoco deseaba revivir.

Como todos en este mundo, al dejar mis juegos de escondite me vi en la necesidad de encontrar otra distracción y me volví aficionada a subir montañas. Empecé con montañas pequeñas, pero cada vez que llega a la cima de una me encontraba con una tentadora vista que me mostraba al frente una montaña aún más alta y mas verde; prometía una caminata más ardua y un premio más grande al llegar a la cima. Sin darme cuenta lo había dejado todo a un lado para seguir la promesa de la siguiente montaña; hasta que un día, frente a mi apareció una pendiente demasiado alta para caminar y muy empinada para escalar, a su lado se veían por el valle unos cuantos montes, pero estos ya no llamaban mi atención. Lo único que podía ver era la montaña retándome a llegar a su cima.  

Con el tiempo, la neblina se fue disipando y después, simplemente yo me alejé de ella; evité los lugares en los que sabía me iba a encontrar con ese paisaje

No podía dormir, me faltaba el aire y mi mente se pasaba días y noches ideando planes para subir. Cerraba los ojos y lo que veía era la punta de esa montaña frente a mi. La montaña que se extendía frente a mi justificaba todas las decisiones que tomaba y llenaba mis pupilas de todo lo que necesitaba. No pretendía sentir mas que la esperanza de caminar por sus veredas y sentir el aire puro conforme subía. Tenerla tan claramente delante de mí me daba la energía para caminar alrededor buscando una manera que me permitiera comenzar a subir.

Tal vez fue la falta de sueño la que me llevó a alejarme de la base sin siquiera notarlo y antes de ser capaz de regresar por donde venía ya estaba rodeada de una neblina aún más opaca que la de mi niñez, esta vez no la podía medir con postes de luz porque se cerraba a unos cuantos centímetros de mis ojos y me impedía identificar siquiera el más leve resquicio de la civilización, todos los caminos se veían igual y ninguno parecía llevarme a ningún lado. Así caminé por horas que parecieron meses, entre lagrimas de frustración y risas de esperanza, enojada a cada paso y temerosa de cada decisión que tomaba.

Mientras caminaba por esta neblina me topé con unas cuantas personas perdidas en su propio banco de niebla, algunos pocos que pasaron lo suficientemente cerca de mi como para distinguirlos parecían igual de preocupados que yo ante la inestabilidad de nuestro futuro, otros caminaban sin que les importara el hecho de no poder ver; por error choqué con unos cuantos que estaban sentados alrededor de fogatas; parecían contar con todo lo necesario y no tenían ninguna intención de moverse. El cansancio me tentó por un momento y sentí la necesidad de sentarme con ellos y dejar de vagar sin rumbo; sin embargo, cada vez que me sentaba y comenzaba a sentirme cómoda frente al fuego, la neblina se disipaba lo suficiente como para poder vislumbrar un camino prometedor que me llevaba a levantarme y continuar con mi camino, con un camino que ya no buscaba regresar a la montaña.

Estaba en uno de estos caminos engañosos cuando escuché una voz que me decía al oído – lo peor que nos puede pasar en este mundo es la incertidumbre, nadie se merece eso, pero nadie se salva – Entre la bruma apareció un hombre que, al ver mi cara de confusión se rio cínicamente y comenzó a caminar con una seguridad que yo desconocía. Habían pasado un par de minutos cuando escuché nuevamente su voz desde la lejanía, parecía estar conversando con otra persona y decía con resquicios de esa desesperación de aquellos que tienen una respuesta obvia en sus labios y que nadie entiende – Solo necesitas saber a dónde quieres llegar…

Me quedé pensando por un largo tiempo y no pude pensar en una respuesta, tenía tanto que había perdido de vista mi montaña que ya no sabía, ni siquiera si la quería subir. Estaba por darme por vencida cuando a lo lejos pude ver unas calles familiares, mi camino desconocido me había llevado a regresar la ciudad de mi infancia, tal vez para jugar para a esconderme, tal vez para aprender a quedarme, tal vez para poder buscar una nueva montaña que perseguir.

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