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Democracia: ¿placebo o medicina?

Autora: Nicole Schmidt

La democracia, más que una forma de gobierno, ha sido un ideal al que por mucho tiempo se aspiró, posiblemente bajo la errónea idea de homologarla con un medicamento. Un medicamento al autoritarismo, al comunismo o al fascismo. Una solución a la corrupción, a la guerra y a la poca representatividad de los gobernantes.

La democracia llegó a Europa Occidental para poner fin a la guerra, a Europa del Este para solucionar la falta de libertad bajo el comunismo y a América Latina para sofocar las dictaduras militares. Y, por un momento, todo parecía indicar que la receta daba resultados. Las actitudes a favor de la democracia eran casi una constante entre los ciudadanos que disfrutaban de los beneficios de pertenecer a ella y en el goce de esta buena fama, la democracia se expandió. Es por tanto que entre la década de los 70 y los primeros años del siglo XXI, The Freedom House registró un aumento sostenido en la cantidad de democracias en el mundo, sin embargo, a partir del 2005, esta tendencia se revirtió.

Las actitudes a favor de la democracia eran casi una constante entre los ciudadanos que disfrutaban de los beneficios de pertenecer a ella y en el goce de esta buena fama, la democracia se expandió

¿Qué habrá sido de la inicial euforia democrática? Hoy, la situación es un poco alarmante. Se lee frecuentemente que los ciudadanos vamos perdiendo cada vez más la fe en la democracia. ¿Acaso el efecto analgésico de nuestra medicina ya pasó? Probablemente la respuesta sea afirmativa. Un estudio en el 2016 afirma que el 43% de los norteamericanos mayores creen que es ilegitimo que el ejército tome el poder si el gobierno es incompetente, la figura es del 36% en el caso de los millennials. El 72% de aquéllos norteamericanos que nacieron  en los años 30 creen que la democracia es absolutamente esencial, mientras que sólo el 30% de los millennials comparte esta postura.

Las figuras en el caso de Europa son muy parecidas. Con estos datos se observa no sólo una cierta aceptación de gobiernos autoritarios, sino que también se aprecia una brecha generacional importante. Contrario a lo que comúnmente se cree, son los jóvenes quienes tienen preferencias menos democráticas que sus padres y abuelos.

De acuerdo con el World Economic Forum, lo que más frustra a más de la mitad de los millennials del mundo sobre sus gobernantes y su país son el abuso de poder y la corrupción. Por otro lado, al preguntarles qué les haría sentirse más libres en su sociedad, el 32.2% contestó “la habilidad de vivir sin miedo, respuesta superada únicamente por “igual acceso a oportunidades”. ¿Será que la nueva generación está cambiando su preferencia por valores post materialistas a valores materialistas?

Haciendo un breve recuento de los hechos que han marcado al mundo desde el año 2000, nos encontramos con crisis económicas, un aumento alarmante del terrorismo, guerras, crisis migratorias,  escándalos de corrupción e incumplimiento por parte de políticos en todo el mundo – y especialmente en Latinoamérica – entre algunos otros males. Justificadamente, entonces, podrían los millennials sentir preocupación por su seguridad tanto económica como física, y por lo tanto, tal vez ahora comiencen a valorar más aquella forma de gobierno en la cual tengan una posibilidad más alta de sentirse seguros.  

Si este vuelco al autoritarismo es sólo producto de ciudadanos críticos, insatisfechos con la democracia pero que esencialmente la aprueban y que buscan mejorarla

En línea con este sentimiento, ha habido un aumento considerable en la popularidad de los candidatos autoritarios tanto de derecha como de izquierda. Basta recordar la reñida batalla entre Le Pen y Macron en Francia, en la cual, a pesar de haber ganado el segundo, su popularidad bajó escandalosamente hasta 30%. En Alemania, el partido de extrema derecha Alternativ fûr Deutschland (AFD), ocupó el tercer lugar en las últimas elecciones parlamentarias, abriendo paso así a la entrada de ideas radicales, autoritarias y anti liberales en aquel país.

Lo que sería ahora interesante indagar, es si este vuelco al autoritarismo es sólo producto de ciudadanos críticos, insatisfechos con la democracia pero que esencialmente la aprueban y que buscan mejorarla; o si es  reflejo de votantes insatisfechos con esta forma de gobierno pero que esencialmente la reprueban. En caso de suceder la segunda opción, nos esperan días de vertiginosos cambios en el espectro político y la paulatina aunque brusca búsqueda de una nueva forma de gobierno.

En el mejor de los casos, la pérdida de fe en la democracia de la que hoy somos testigos se trate solo de una fase y que después caigamos en cuenta una vez más de que el autoritarismo no es la solución. Tal vez habrá que dejar de idealizar a la democracia como un medicamento y mágica solución a todos los vicios de nuestras sociedades y trabajar en sus defectos. Tal vez habrá que hacer nuestra la idea que “la democracia no es perfecta, pero qué bueno que existe.”

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