Sociedad y Política

La Revolución Abrillantada

Ray Ricárdez

Licenciado en Relaciones Internacionales. Interesado en la movilización y cambio social.

La brillantina y polvos multicolores imperaban en el ambiente. Los gritos de dolor y exigencia se habían disipado en las calles aledañas a Paseo de la Reforma. Monumentos, paredes y espacio público en general, quedaba tatuado por la protesta. Las autoridades, estupefactas, deslegitimaban cuanto podían. Las redes sociales y medios de comunicación ardían inmersas entre señalamientos y debates infinitos.

Aquella tarde algo había quedado bastante claro: las mujeres habían tomado México.

Decidieron, desesperadas y unidas, cambiar la sangre por la tinta y brillantina. Prendieron fuego para quemar la tragedia e iluminar su camino. Cubrieron su rostro y la desdicha mientras pensaban en aquellas que no pudieron defenderse. Se tomaron las manos y, a coro, cantaron en nombre de las ausentes, las presentes y las futuras.

Sepan ustedes, revolucionarias, que la legitimidad de su movimiento está motivada por las razones más poderosas que existen y por los deseos más nobles. En ningún momento nadie (y mucho menos nosotros, los hombres) podrá minimizar, demeritar o desvalorizar su lucha.

¿Y de qué país se adueñaron aquella tarde del 16 de agosto?

Un país en el que la violencia de género asfixia a cada niña y mujer. Un país en el que, en lo que va del año, han desaparecido 9,000 mujeres (solamente hasta marzo). Un país en el que, durante la primera mitad del año, se han cometido 1,800 feminicidios y homicidios dolosos contra mujeres. Un país en el que 66 de cada 100 mujeres han sido víctimas de algún tipo de violencia. Un país en el que los daños a una estación de metro se reparan a la brevedad y las vidas de mujeres perdidas quedan en el olvido. Así que por favor, detractores, abran los ojos: las mujeres se movilizaron un país feminicida y sumamente violento, no en uno en el que “las cosas se hacen de manera pacífica”.

“Sepan ustedes, revolucionarias, que la legitimidad de su movimiento está motivada por las razones más poderosas que existen y por los deseos más nobles”

Entrando más en materia, me cuesta trabajo observar que la discusión giraba entorno a grafitis y vidrios rotos, y no a cuestionarnos el porqué y el origen de la reacción colectiva femenina. Es insensato ver a quienes, por defender a un gobierno o a un monumento, descalifican la desesperación y el mensaje. Es impensable observar cómo criminalizan a quienes, paradójicamente, sufren crímenes constantemente.

Pintado o no, el Ángel de la Independencia permanecerá y “será restaurado” cuantas veces sea necesario. Además, si ese ángel representa independencia, entonces dejen que esta se represente cómo naturalmente es.  A nadie le gusta ver vidrios rotos, pero lo siento, ante los abusos constantes, la revolución es lo más sensato.

Permítanme decirles, desde mi muy humilde e innecesaria opinión, que he aprendido bastante gracias a ustedes. Hoy como hombre mexicano reconozco el privilegio en el que he vivido. Me disculpo por todas las veces que me he visto beneficiado de la estructura de género en la que estamos inmersas e inmersos. Lamento todas las ocasiones en las que, sin darme cuenta, también he sucumbido o he replicado lo que este engranaje de género indica y, a su vez, nos oprime y no nos deja ser libres.

Quisiera infinitamente poder decir que he actuado o dejaré de actuar conforme a la ventaja que heredé, sin embargo, sé que esto nos rebasa. Sabemos que la deconstrucción no es algo que se da de un día para otro. Sé, porque lo han vivido, que el camino que han cimentado siempre se verá violentado por intensiones opresadoras o ciegas. Permítanme ahora quedarme callado, agradecer su valentía, seguir aprendiendo a su lado y anhelar que un día podamos, mujeres y hombres, vivir en un país libre de violencia de género.

Recordemos aquel viernes como el día en que la violencia de género se encontró con la revolución.

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