Sociedad y Política

México lindo, querido y bélico

Ray Ricárdez

Internacionalista por la UDLAP interesado en temas como el cambio y movilización social, la justicia y los medios de comunicación

Desde muy pequeños nos enseñan a corear “mexicanos al grito de guerra” mientras rendimos homenaje a nuestro lábaro patrio, mismo que tiene como distintivo a un águila devorando a una serpiente. En nuestras aulas de clases nos explican que nuestros héroes y villanos históricos casi siempre recurrieron al conflicto bélico para resolver controversias. Quien es “machito”, “valiente”, quien “tiene huevos”, quien “no se raja” o quien “es cabrón”, goza de un privilegio innato dentro de la cultura mexicana.

Podría parecer, estimado lector o lectora, que estoy parafraseando al afamado (pero nada admirado de mi parte) Octavio Paz; por ende, aclaro desde ahora que no pienso emular su conocido ensayo sobre la mexicanidad en esta breve columna. A lo mucho, existirán similitudes base en las que sí podemos coincidir.

La cotidianidad del mexicano con respecto a la agresividad es palpable y por demás preocupante. Se experimenta desde muy jóvenes y la logramos adaptar a nuestro modus vivendi a lo largo de nuestra existencia. Es diferente, por ejemplo, a la agresividad estadounidense que, desde mi punto de vista, se percibe de adentro hacia afuera, desde un sentido patriótico o, en su defecto, psicológico. El mexicano agresivo en contraste, es un ser que, observa su entorno, emula acciones específicas, no ve castigo alguno y opta por la violencia.

“¿Podremos en algún momento de nuestra vida pública arrancar de raíz la impunidad y afinidad por la autodestrucción?”

En los últimos meses secuestraron a un joven estudiante de medicina y lo asesinaron en la capital. En los últimos meses asesinaron a un niño de 12 años por defender a sus padres de un asalto en Tabasco. En los últimos meses, al menos 1,199 mexicanas fueron víctimas de feminicidio. En los últimos meses, una pelea por un lugar de estacionamiento terminó en la pérdida de un ojo de una de los involucrados. Y para terminar, en este primer semestre del año, los homicidios alcanzaron un récord histórico.

Lamentablemente, estos trágicos eventos son (y me atrevo a teorizar) el resultado de una afinidad sistemática de la sociedad mexicana a la violencia. Detrás de prácticamente todo asesinato o delito cometido en este país, hay una serie de actitudes que estimulan en los individuos la acción de violentar. Y no, no hablamos únicamente de asesinatos o asaltos.

Observémoslo y reconozcámoslo: Las calles están rodeadas de personas de se estacionan donde les plazca, acosan cuando les da el gusto, se golpean en los bares y antros todos los fines de semana, se hacen los “bullys” dominando las aulas escolares, “echan pedo” cuando alguien “los mira feo”, tiran basura donde más les convenga y no donde deben e inundan las redes sociales y lugares de amenazas verbales o escritas, por decir algunos de tantos ejemplos generales ¿Y saben qué es lo peor? Que si alguien les señala o indica que están obrando mal, estos sujetos responderán con la misma fórmula: violentando. No existe cabida para un diálogo o reconocimiento.

En todos estos ejemplos encontramos una constante que muchos teóricos, comentócratas, académicos y personas no se han cansado de repetir: la maldita impunidad. Esta palabra que responsabiliza directamente a las instancias que, en teoría, deberían castigar a quienes comenten actos delictuosos y, en suma, violentos.

Existe en consecuencia un andamiaje social enviciado de agresividad de unos con los otros en el que ni el Estado, ni la sociedad misma, podrán actuar de manera efectiva para impedirlo. En México pareciera que no existe espacio para ciudadanas y ciudadanos que quieren llevar una vida sana, empática, pacífica y respetuosa por la vida, y si existe, deberá ser compartido con victimarios en libertad y plenitud de actuar como se les plazca. Al final, es una balanza que dudo mucho se equilibre en el corto y mediano plazo.

Sé que estoy omitiendo un sinfín de factores sumamente complejos y necesarios para profundizar más en el tema. No es precisamente mi intención desglosarlos en una columna. Desde una posible raíz histórica, hasta un sistema injusto y piramidal del que es víctima la sociedad en la actualidad, podemos darle color a una plática de sobremesa de la violenta nación mexicana.

La vida misma y la violencia en conclusión, coexisten en la sociedad mexicana como dos entes inseparables. Mi duda más desesperada y triste es la siguiente: ¿Podremos en algún momento de nuestra vida pública arrancar de raíz la impunidad y afinidad por la autodestrucción?

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