Cultura y Arte

Si se te pasó la sal, échale papa

por Fabi padilla

Chicuarotes (Dir. Gael García Bernal, 2019) llegó a nuestras salas de cine desde hace un par de semanas. Si usted, mi querido lector, no ha ido a verla, advierto se me escaparán detalles explícitos de la película en este texto. Si ha ido a verla, espero le sea más ligero el tiempo que invierta en leerme, que los 96 minutos de película que dan la sensación de una temporalidad tan densa, de la cual, es difícil escapar.

La historia tiene como protagonistas a El Cagalera y El Moloteco, quienes en tres días nos van a mostrar un amplio abanico de modalidades de violencia en un sector vulnerable de México. Un abanico tan saturado que no ahonda en ninguna situación; elementos salados en una receta que no se complementan.  

Comencemos por el dúo protagonista, quiénes actoralmente están muy bien dirigidos. Esta es una de las grandes cualidades de la película que tiene que ver con la amplia experiencia actoral de Gael García Bernal, director de la misma. El carisma de Benny Emmanuel y Gabriel Carbajal hacen que en un inicio los juicios morales estén de lado, pero conforme avanza la película, uno termina reprobando las acciones egoístas de El Cagalera. Un contraste muy claro, hay una diferencia entre como se nos presenta el asalto al camión a participar en un intento de violación. No es que haya una escala donde un acto sea más grave que el otro, es como lo plantea la película técnicamente (algo como el efecto kuleshov).

La primera secuencia, donde ocurre el asalto del camión, la cámara esta centrada en ellos, en su repentina idea por obtener dinero, en cómo recolectan las cosas durante el asalto, incluso la adrenalina y/o el poder que le da sostener la pistola. Nunca se enfoca como tal a alguno de los pasajeros angustiados o viviendo el acto de violencia, es una secuencia dinámica centrada por completo en el dúo. Tenemos un descanso de esa primera acción relativamente salada desde el chiste “ahí se chingan un bolillito pa´l susto” y la escena donde corren. Uno como espectador se relaja, hasta tenemos a Natalia Lafourcade de fondo cantándonos en náhuatl.

“La discusión no es el tema, es la saturación”

Ahora la secuencia del intento de violación. Para entonces ya estamos relativamente involucrados con otros personajes secundarios relacionados con El Cagalera, como con su hermano que esconde su homosexualidad pero que es constantemente violentado por esta razón, El Moloteco, quien solo obedece a su “amigo”, su novia Sugheili, quien libera al niño secuestrado sin titubear y por lo que Cagalera parece no oponerse a su castigo, participando en el intento de violación. En esa secuencia sí vemos el sufrimiento de cada uno de estos personajes y nos coloca en una perspectiva en donde hay que tomar una posición moral. Es decir, en algunas secuencias iniciales logra realmente centrarse en exponer la historia de un personaje que fácilmente podríamos reprobar pero se le da el beneficio de la duda, al final es tan cansado todo el sabor de sal alrededor que el protagonista y antagonista a la vez, que genera un creciente malestar injustificado.

Una parte importante entre el asalto al intento de violación es el desarrollo narrativo. Gradualmente nos vamos quedando sin descansos, sin tragos para atenuar lo salado, la trama va siendo una colección de infortunios que son tan constantes, tan carentes de sentido y con intentos de comedia que solo incrementan una especie de fastidio. Como la escena donde Cagalera va a retar a su padre ebrio –¿por qué fue a retarlo? no es clara la intención– y termina con un golpe en la cabeza, minutos más tarde, lo agrede con insecticida en los ojos. No hay un contraste armónico, es una perdida de equilibrio.

Otros elementos salados de la receta, son la corrupción, abuso sexual, alcoholismo, homofobia, secuestro, linchamiento, contaminación, hasta un guiño a las secuelas del sismo. Seguro se me escapan otros, pero menciono las suficientes para probar un punto: menos es más. Ejemplos los tenemos: Nosotros los pobres (1948) Los Olvidados (1950), Canoa (1975), Santa Sangre (1989), El violín (2007), De la Calle (2013), Heli (2013). La discusión no es el tema, es la saturación. El guion de Augusto Mendoza, fue escrito a sus 16 años, viviendo en una comunidad aledaña a San Gregorio Atlapulco, donde hubo tantas ideas que el impacto se vuelve visceral y una experiencia que en la memoria colectiva no hace más que recordar a Mujer, casos de la vida real, con un refinamiento en técnica de la dirección García Bernal.

En la primera mitad el ritmo salado que se anuncia, probablemente sea digerible. Después se pierden poco a poco los sorbos de agua que ayudan a que uno no se escalde la lengua. Al final, es tanta la sal en la experiencia que no se cuantas papas necesitamos.

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