Expresiones

Lo que pudo ser

Imagen: Canva

por Karla Meneses

Recto, liso, negro. Siempre sin error, pueden ceder las gotas o el aire arder, pero el traje nunca falta. Día tras día, a pesar de solo poseer unos minutos para admirarlo, el retrato parece un rompecabezas completo en mi imaginación.

De su presencia se puede reconocer la pulcritud, rectitud y seriedad.

Que no exista equivocación alguna, sin duda es el ser más carismático y amable. Existe una dualidad capaz de conquistar cientos de países.

No es por necesidad alguna el compartir cada mañana el elevador, pero no es la necesidad lo que mueve al amor sino el gusto. El gusto por compartir el tiempo que transcurre desde el piso 5 hasta la planta baja. Todas las mañanas subo por las escaleras del segundo piso, en el que vivo, hasta el quinto para agarrar el elevador y verlo. Me aseguro de aparentar y así tener más tiempo juntos. Sé por todo el tiempo que llevo observándolo que él vive en el séptimo.

Solo unos minutos cada día es lo que ha bastado durante 7 meses para soportar la gran ansiedad y emoción que surgen dentro de mí con cada mirada que cruzo con él. Siento que mi alma sale de mi cuerpo como un ave sin rumbo cada vez que entro en el elevador.

Si soy de su gusto eso no lo sé, pero en mi basta imaginación, él me ha salvado de canallas que me han intentado robar o declarado su amor un sinfín de veces.

“Que no exista equivocación alguna, sin duda es el ser más carismático y amable. Existe una dualidad capaz de conquistar cientos de países”

Nunca igual pero siempre el mismo escenario y los mismos protagonistas suben el elevador y no se animan a hablar, por un lado él sin intención y por otro ella, que lo ha visto llegar con tantas mujeres que pierde el ánimo.

Este día es diferente, hay un aroma en el ambiente que grita cambio, tomo el ascensor pero él no se encuentra como de cotidianidad. Busco mi momento especial de todas las mañanas, así que vuelvo a subir y tomo nuevamente el elevador, sin encontrar cambio alguno. El frío y solitario ascensor me vuelve a recoger con la misma respuesta: no está él.

Decido continuar mi camino guiada por el olor del pan dulce que me reconforta de alguna manera por comenzar mi mañana sin haber visto ese a aquel que porta ese recto, liso y negro traje. Compro más de un panqué para consentirme y, cuando por la calle cruzo, me topo con una mirada conocida, es él pero sin su traje. Definitivamente el aire de hoy es diferente, lo reconozco por su brillante sonrisa pero su uniforme deportivo me confunde.  

Parece apresurado pero decido aprovechar mi buena fortuna y le hablo.

Se me acerca y muy feliz me confiesa que lleva meses buscando las palabras correctas o el momento indicado para hablarme, pero nunca parecía encontrarlo. Un brillo en sus ojos hierve mis mejillas animándome a invitarlo a desayunar juntos los panqués que compré.

Él acepta y nos encaminamos al parque, encontramos el lugar perfecto refugiado del sol debajo de un árbol; no muy caliente no muy frío, con la temperatura perfecta que la brisa brinda.

Comimos y aprovechamos para seguir conociéndonos, me aseguró que desde el primer día que llegue me notó y había querido hacer algo al respecto. De hecho, anoche pensaba invitarme a cenar a su apartamento, pero se topó con que no vivo en el departamento que él creía; bueno, vale decir que ni siquiera en el piso 5 como él pensaba.

En ese momento me sentí terrible, pero a la vez aliviada. Sí le había arruinado sus planes de invitarme a cenar, pero eso significaba que sí estaba interesado y no era una loca que solo se lo había imaginado.

“Te volveré a ver”, me prometió antes de partir. Retomé el camino de regreso a casa para prepararme y acudir al trabajo. Desde la esquina de los departamentos veo mucho movimiento. Debido a la ilusión con la que me encuentro, ignoro lo que sucede.

Ruido, susurros, sirenas. Algo está pasando pero no estoy segura de qué, me acerco con el cuidador y le pregunto. Al parecer han venido a arrestar a alguien del edificio. Dos policías discuten a mi lado derecho -intento escuchar-, parece que el ruido no me lo permite pero logro captar dos palabras: séptimo piso. Al parecer, el que buscan vive ahí.

“No puede ser”. Empiezo a sentir cómo mi piel se enfría desde los dedos de mis pies hasta la punta de mi cabeza, de un momento a otro me vuelvo una paleta fría. La oficial a cargo me detecta entre toda la multitud y se acerca rápidamente, me pregunta si conozco al acusado, le confieso no saber de quién habla.

La oficial consternada por mi apariencia, desconfiada me responde con el número de apartamento pero eso no me dice nada, entonces el cuidador interviene y me describe al hombre con el que hace unos momentos acabo de desayunar.

Siento como si me golpearan el estómago, la visión se me vuelve borrosa y siento que las piernas me comienzan a fallar. Entonces hago la pregunta que más me aterra: “¿De qué se le acusa?”

Ella parece un poco dudosa de responderme, pero al verme tan mal decide hacerlo: “Asesinato en serie”.

Imágenes de nuestro tiempo juntos, las mujeres con las que lo vi tantas veces en el elevador, nuestra cita en el parque… todo empieza a tomar sentido.

Mis pensamientos me abruman.

Para terminar con mi tranquilidad la oficial añadió: “lleva años asesinando jovencitas, seguramente nunca lo hubiéramos atrapado por su minuciosidad de no haber sido que anoche invito a cenar a una de las vecinas, a la del piso 5. Pero cometió un error, ya que ésta tenía un roomate, que él desconocía y no tomó en cuenta. La roomate llegó justo cuando él intentaba limpiar la sangre, mientras ella gritaba y lloraba a sollozos, él huyó”.

La luz desaparece, todo es oscuridad, pude haber sido yo. Aquello que pensaba una promesa romántica ahora me parecía una amenaza. Lo único que vislumbro en mi mente es recto, liso, negro, el traje. Y con su voz en eco: “Te volveré a ver”.

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