Sociedad y Política

Dolor

por Franco Escobar

Imagina que vas caminando y de pronto pisas un clavo de 15 centímetros de largo que atraviesa tu zapato por completo. Llamas a la ambulancia y sientes un dolor tan intenso que incluso los movimientos más pequeñitos te provocan una terrible agonía de camino al hospital. Allí, los cirujanos logran remover cuidadosamente tu zapato y se dan cuenta de que el clavo nunca atravesó tu piel. Afortunadamente, el clavo pasó en medio de tus dedos y no hay herida. No hubo daño, pero tu experiencia del dolor fue completamente real e inolvidable. Este caso le ocurrió en realidad a un constructor de 29 años en el Reino Unido.

El dolor normalmente es entendido como consecuencia proporcional y directa de algún daño físico. Es decir, mientras mayor sea la herida, mayor será el dolor. Sin embargo, el dolor puede ser consecuencia de estímulos potencialmente peligrosos. Es decir, la causa puede ser imaginaria o psicológica. El placebo, la nocicepción y la somatización, son efectos que pueden hacernos experimentar una realidad que ha sido alterada por nuestras expectativas, creencias y nuestra percepción del mundo exterior.

Hay estudios muy interesantes que retoman la discusión anterior y que han encontrado conclusiones bastante interesantes. En un caso, por ejemplo, los sujetos eran niños y les preguntaron cuánto control creían tener sobre su experiencia del dolor. Algunos niños dijeron poder controlar su dolor bastante bien y otros dijeron que no creían tener mucho control sobre el mismo. El segundo grupo de niños reportó experimentar mucho más dolor que el primero, a pesar de que todos los niños pasaron por la misma experiencia. Es decir, sus expectativas y creencias influenciaron la magnitud de dolor que sintieron.

“El dolor “imaginario” nos sirve para alejarnos de potenciales amenazas, aunque no exista daño alguno en nuestro cuerpo al momento”

En otro estudio, los sujetos debían sujetar un hielo a -20 grados Celsius con sus manos. A un primer grupo de personas se les mostró una luz de color rojo y a otros una luz azul. Los sujetos que veían la luz de color rojo sentían más dolor que los que veian azul, pero el hielo y su temperatura eran los mismos. En otras palabras, los factores externos (quizás por recuerdos y experiencias pasadas que relacionan el rojo con el fuego, y el fuego con dolor) influenciaron la magnitud de dolor que sintieron.

Otro ejemplo es el de los esposos de mujeres embarazadas que, durante el parto, pueden llegar a sentir dolores intensos en el estómago y en los genitales al mismo tiempo que sus esposas dan a luz. Algunos psicólogos argumentan que esto se debe a una búsqueda de empatía por el ser amado que se encuentra en intenso sufrimiento y en una situación en la que no podemos hacer nada, por lo que sufrir con él/ella es nuestra manera de ayudar. El dolor es tan interesante y complejo que incluso hay casos de personas que sienten miembros fantasmas (brazos y piernas que no tienen en realidad) y llegan a sentir dolor, temperatura, presión o movimiento.

Prácticamente, el dolor nos sirve para evitar mayores daños en alguna parte del cuerpo que ya ha sido dañada físicamente. También, el dolor “imaginario” nos sirve para alejarnos de potenciales amenazas, aunque no exista daño alguno en nuestro cuerpo al momento. Y finalmente, el dolor que sentimos al ver a las personas que amamos en una situación de dolor intenso nos sirve para empatizar y acercarnos a ellos. Todo tipo de dolor es real, ya sea físico, emocional, psicológico o imaginario. El dolor existe simplemente porque ocurre en tu cerebro. Teniendo en cuenta que nuestras creencias, experiencias pasadas y otros factores pueden afectar la intensidad de nuestro dolor, quizás podamos controlarlo un poco mejor en el futuro y evitarnos una agonía inmensa generada por un clavo que nunca atravesó nuestro pie. Nadie quiere sufrir tanto por algo que no pasó.

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