Cultura y Arte

Crimen sin castigo

Imagen: Canva

por Amapola Rangel

Si hoy publicara un libro llamado Crimen y castigo, se me acusaría de plagiar una novela rusa. No me molestaré en incluir el nombre del autor porque esto no se trata de otro hombre blanco europeo, a quien todos pueden encontrar sin un problema en Google.

Por otro lado, si hoy decido hacer una línea de ropa que se llame Florecita de telar y me pongo a vender cojines con diseños floreados y bordados de alguna comunidad oaxaqueña, muy poca gente me reclamaría por no dar crédito a la gente que hace el producto y le da el diferenciador de mi marca. Esto también es un plagio, aunque no se considere legalmente como tal, porque la reutilización sin crédito de un concepto u objeto que no es mío, es plagio sin más.

No es necesariamente un secreto que le tengo pasión al tema de los textiles, sobretodo para aquellos que frecuentan mis conversaciones desde hace un par de años que empecé a definir lo que ahora es mi tema de tesis y parece que de vida. Durante este último mes me han llegado dos casos de plagio a textiles indígenas que han puesto mis redes sociales de cabeza.

El primero fue el cometido por Nike a los diseños de las naciones Guna de Panamá y Colombia. Este caso me llamó mucho la atención porque no solo se trata de un plagio clarísimo por el robo de los diseños de las molas, sino por la audacia de la marca de querer hacer un producto “[…] en honor a Puerto Rico, en homenaje a una gran cantidad de culturas en los últimos tiempos.”

Esto, aparte de esencialista y erróneo, es trágico porque poco tiene que ver el país homenajeado con los Guna. Más allá de una zona geográfica muy arbitrariamente definida. Me parece indignante que haya tan poco interés en el reconocimiento de la autoría de estos textiles, por parte de marcas que invierten enormes cantidades de dinero en mercadotecnia y diseño de productos, y que acaben publicitando cosas con este tipo de errores.

Este caso terminó con un potente comunicado publicado en redes sociales y firmado por las naciones Guna. En el comunicado se menciona que este plagio y error “es un ataque directo a los saberes colectivos [de los] pueblos indígenas del mundo.” Días después, Nike retiró el calzado y se disculpó, lo que representa un avance en el reconocimiento, pero deja aún mucho que desear.

El segundo caso es el que estalló hace unos días. En el que la marca Carolina Herrera se “inspira en México y da con una de sus colecciones más bonitas”, según el artículo de Vogue. Lo que llama la atención es la respuesta de aquellos que se vanaglorian y se sienten halagados que esta casa de modas haya decidido lucrar con diseños de “nuestro arte”.

Empezando por el hecho de que ese arte que aprecias en la marca famosa y desprecias terriblemente en las calles de tu ciudad, hace que, bajo ningún motivo, pueda ser “nuestro”. Los diseños textiles indígenas son de las comunidades que los crean, modifican, viven y son parte de su cotidianidad. No son nuestros como colectivo de un estado nación. Los diseños pertenecen a cada comunidad como La noche estrellada pertenece al loco que se cortó la oreja y Crimen y castigo al fulano que escribe muy lento.

La reproducción de cualquier obra sin el debido permiso causaría una controversia internacional. ¿Por qué no pasa lo mismo con los textiles? Tal vez porque no entran en las nociones estáticas e industriales de los paradigmas de la propiedad intelectual y al ser originales de pueblos indígenas nos parece muy fácil seguir el esquema colonial de robo sin temor. Tal vez, porque simplemente no se ha reflexionado sobre el tema lo suficiente.

La lucha contra los plagios, que cada vez agarra más fuerza, se da desde aquellos que, con todo y nuestros intereses personales, buscamos hacer el piso un poquitito menos desigual. El uso de diseños de comunidades indígenas sin su consentimiento, retribución y debido reconocimiento al origen del diseño es un plagio.

Es atribuirse creatividad que no corresponde e implica, de nuevo, reproducir y ser partícipe de la violencia estructural bajo la que están los pueblos indígenas desde la conquista. Tampoco es tan fácil o sencillo como no comprarle a la marca. Por ahí se empieza. Para mí es muy fácil no comprar la pieza de Carolina Herrera porque, para empezar, no tengo dinero para hacerlo. Sin embargo, el tema va más allá porque se necesita visibilizar la problemática para que, por una vez, los invisibles sean escuchados. Para que poco a poco sea menos normal participar en estas viejas y oxidadas estructuras que permiten que una casa de modas sin represalia plagie diseños ajenos.

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