Sociedad y Política

Cuando regreso a casa quiero ser libre, no valiente

Martha María Montes de Oca

Politóloga por la UDLAP. Activista e investigadora en temas de feminismo y proyectos sociales.

El acoso callejero es más común de lo que podemos pensar, el haberlo normalizado no nos permite dimensionar cuando hemos sido víctimas de ello.

Sentir miedo de caminar sola, sentirte incómoda sobre cómo te mira un desconocido en la calle, pensar bien qué tipo de ropa debes usar antes de salir, recibir silbidos o recibir a gritos “piropos”, también son acoso callejero. Sin excluir, por supuesto, las formas físicas como haber sido tocada sin permiso.

Todas ellas son muy graves, y lo son en el sentido que generan tal grado de miedo hacia el agresor que preferimos “ignorarlos” porque “no vale la pena”… ¿qué significa “no vale la pena”?

Todas hemos repetido esa frase, que en sentido estricto debería ser: “Sí, lo vale todo, vale mucho la pena que me detenga y le haga saber que me molesta, que estoy enojada y que no disfruto que me acose, que no me hace sentir más linda su piropo o su silbido”.

La verdad oculta es que hemos decidido callar y agachar la cabeza por miedo, tenemos miedo de que esa persona reaccione de forma violenta mientras intentamos explicarle que su actitud normalizada y nada razonada es machista.

La violencia psicológica que generan no significa que nos “traumemos” porque un hombre nos silbó en medio de la calle o nos grito “que guapa”; la violencia psicológica reside en que, yo acosador ejerzo un poder que la sociedad me dio hacia la víctima, mientras esta última va normalizando mis agresiones al punto que no hace nada.

El enfurecimiento nace de la impotencia y del hartazgo; somos impotentes porque no podemos hacerlos ver que está mal su actitud, ya no son suficientes las herramientas de castigo como las denuncias, no son suficientes las respuestas que les damos y es entonces cuando nos hartamos.

¿Entonces?, ¿está todo perdido?

No, la herramienta que siempre supera a todas es la información; mientras más hablemos, más experiencias contemos, más eduquemos a las personas desde niños más empáticos seremos con el problema.

Imagen de Valeria Chairez y Genera

El normalizar el acoso callejero significa que está bien visto por los demás, es una conducta que está bien vista en el sentido que puede parecer divertida o, por otro lado, tal vez no es bien vista pero tampoco es señalada. La conducta de los agresores y acosadores en la calle debe ser (de la forma que personalmente mejor nos parezca) señalada y vista como algo no normal y no aceptado más por la sociedad, tenemos que dejar de esperar que las mujeres mueran, desaparezcan o aparezcan en escenas sumamente sangrientas y violentas para tomar enserio un grito o silbido o una mirada lasciva en la calle.

En un tiempo, no muy lejano, quiero que yo y todas cuando caminemos por la calle seamos libres y no valientes.

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